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Matices: la gira de Sheinbaum

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Pues mucho hay que contar de lo acontecido en los últimos días. Para empezar el circo, maroma y teatro que fue la conferencia de la Sheinbaum el jueves pasado. Trajo prensa nacional palera que aplaudió cuando le preguntaron que si de verdad cree que el presidente lo ha hecho todo bien, y ella contestó que “es un honor estar con Obrador”.

El orden de los turnos para preguntar estuvieron muy raros -parecidos a veces a los de las mañaneras de la gobernadora- y cuando le dieron por tercera vez la palabra a un medio nacional, la prensa local protestamos a gritos, por lo que la propia candidata intervino para decir que ella daría los turnos, cosa que no sucedió.

Como siempre, nadie hizo caso de que hicieran una sola pregunta y que fueran muy concretos, pues hay varios colegas locales que dan antecedentes y actualización del tema y luego introducción, desarrollo y conclusión cuando preguntan, sabiendo que el tiempo es limitado y que con su perorata quitan la oportunidad de preguntar a alguien más.

Hubo más gritos para callar a los extendidos, dejaron preguntar a dos personas de un mismo medio, alguien fue a hacerle una escenita hasta el podio, otra estaba más preocupada por tomarse la foto con ella, otra se puso a decir que era de San Luis Rio Colorado y que a los de ese lugar siempre los consideraban como de Baja California y no como de Sonora (¿ Y a mí qué? debería haberle dicho la Sheinbaum) y aquí hubo risas por el comentario que no venía al caso. “Ha de ser el calor de Mexicali” dijo nerviosa la candidata al atestiguar aquello.

Seguimos con el evento masivo de la tarde de ese jueves. Dado el severo encabronamiento por parte de la candidata la última vez que estuvo en Mexicali ante la poca convocatoria (en realidad, ante las limitadas acciones de Gobierno del Estado para movilizar gente) pues esta vez había que sacarse la espinita, llevar a miles para quedar bien con la Sheinbaum.

La solución fue nombrar a Netza Jáuregui como organizador del evento. No sabemos si esto fue un castigo por andar apoyando a Adán Augusto, o un premio porque ya vieron su talento para inflar el padrón de Morena.

Netza, “atrás de la raya que estoy trabajando”.

A la gente la citaron desde las 4:30 de la tarde, había sillas, pero no para todos. La hora oficial de inicio eran las seis; llegó una hora tarde y tras tomarse mil fotos y firmar otros tantos autógrafos, pisó el escenario a las 7:30.

Pues una vez que tuvieron la foto o el autógrafo, o que sintieron que ya cumplieron al dejar a la aspirante a la presidencia en el escenario, la gente se empezó a ir. Bueno, hasta su primer “representante” en Baja California se fue antes de que terminara el evento, el “Guerrero como tu”. A Manuel Guerrero Luna le valió que estuviera en primera fila, él se paró y se fue cuando su alguna vez representada estaba en los últimos minutos de su mensaje, y conste que no podía saber si a Claudia le faltaban 5, 10, 15 o 30 minutos de discurso.

Vimos mantas y banderas de Julieta, Armando, Samaniego y hasta de Marina.

Los Marinos con Claudia.

Un fuerte despliegue de recursos humanos y materiales en favor de Julieta Ramírez se vieron en el evento de ese jueves. Muchas personas con camisas y chalecos bordados con su nombre, banderas, pancartas, vehículos y acarreados, por que se llevo el segundo lugar en porras, después de Sheinbaum por supuesto.

Julieta, portada de una revista local que se distribuye en salas de espera, dice que con la cuarta transformación ya pueden llegar los López, los Ramírez y los Martínez al poder, haciendo referencia a la gente humilde, sin padrinos políticos que llega a puestos de importancia. Nos gustaría saber como la humilde Julieta tuvo para pagar tantos espectaculares, tantas camisas bordadas y tantos vehículos rotulados, porque no creemos que le alcance todo eso con su salario de diputada.

Y en el otro entendido de “humildad” tampoco sale bien parada, pues su actitud de diva tenía harto a su rentero, a quien le llamaba a deshoras para cambiar un foco fundido.

Y regresando a Netza, ya tenía meses el rumor de que el crimen organizado estaba enojado con él, pues le había soltado mucho dinero -no sabemos si para la campaña de Marina o la de él- y el compromiso era dar posiciones en el gobierno estatal, cosa que no habían cumplido.

La manta que dejaron afuera de la Comisión Estatal de Servicios Públicos de Mexicali, donde a él, al director de la paraestatal Armando Carrasco y a un tal Oliver Herrero -jefe de Comercio Ambulante con Marina del Pilar en el ayuntamiento de Mexicali- dice que les queda poco tiempo.

A ver si en los próximos días vemos que a Netza lo nombran suplente del secretario B de la Comisión de Asuntos sin Importancia del cabildo de Yuxcabá, Yucatán. O veremos si se dan cambios en algunos puestos de gobierno.

Cambiando de tema, hoy sábado es la boda de una hija del empresario Humberto Guzmán Zamudio, y la fiesta será en la Plaza Calafia, que desde ayer luce unas cortinas gigantes color beige.

Ismael Castro, director del FEX, me explicaba hace tiempo a propósito de la boda de la hija de Medina Amarillas, que se necesitaban dos días para los eventos sociales, pues el montaje del mobiliario era complicado y no podía hacerse el mismo día del evento.

Ayer era el concierto que Yuridia daría en Mexicali en la Plaza Calafia, sin embargo y a diferencia del concierto de Alejandro Fernández, que fue cancelado, pasaron al de Yuridia a la Isla de las Estrellas del FEX.

Dicen por ahí que el empresario Guzmán Zamudio le construyó una casa a la gobernadora en San Pedro Residencial, por supuesto gratis y en agradecimiento a los jugosos contratos que le ha dado. ¿Cómo le iba a negar el caprichito de la Calafia?

La Calafia, ayer viernes.

El abogado Fernando Rosales está molesto con el tratamiento que la fiscalía anticorrupción ha tratado el caso del robo de los 3 millones de pesos de Desarrollo Social Municipal en 2019. Resulta que el fiscal Javier Salas no quiso esa “papa caliente” y lo pasó a delitos patrimoniales. Como parte de las diligencias la fiscalía tendría que haber citado a Marina del Pilar, y como que Salas no quiso pasar el mal trago. El citatorio tendría que haber estado listo el martes, pero pues ya los conocemos.

El que anda como niño con zaparos nuevos es el director de Bomberos, Rubén Darío Osuna, que trae camionetota rotulada en la empresa de los hijos de la alcaldesa. Los bomberos no tienen máquinas extinguidoras suficientes pero para Norma Bustamante parece que la prioridad es que su director de bomberos ande a todo lujo.

La austeridad republicana.

Parece que el Síndico se puso a trabajar y van a abrir un expediente contra Edson López Vilchis -administrador de bomberos y el poder detrás del trono-, quien en la entrega recepción no cumplió con la comprobación de algunos documentos. Veremos si es así.

Sobre lo publicado del regidor Sergio Tamai nos aclaran que lo que exhibimos sí es cierto, pero que quieren que quede muy claro que la excuñada no le debe el puesto a él, ni trabaja en regidores, ni tiene ganas de voltearlo a ver cuando se topan en los pasillos, y así muchos de quienes han estado cerca de él antes, y ahora lo traen atravezado.

Otro lector nos cuenta que también hay una tía suya, hermana de su madre (con hueso prometido en la segunda ronda de Norma, si gana) que trabaja en bomberos en el área técnica desde hace unos 15 años y quien consiguió la base en tiempo récord. Otra cosa que achacarle al prian.

La esposa de Tamai trabaja ligada a Protección Civil, como asesora independiente, pero que se lleva la mayoría de los clientes por recomendación del “Capi” Rosado, haciendo planes de contingencias, usos de suelo y otros trámites. Qué bonita familia.

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Algo cada día: El silencio también se factura

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COLUMNA INVITADA/Por Fernando Ruiz del Castillo

Durante años nos dijeron que el dinero del narcotráfico buscaba comprar alcaldes, gobernadores, diputados, campañas y partidos políticos. Nada nuevo. El crimen organizado siempre entendió que una elección cuesta mucho menos que una guerra. Si puedes comprar un gobierno, ¿para qué conquistarlo a balazos?

Pero el documento dado a conocer recientemente por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos introduce un ingrediente mucho más incómodo. Uno que, curiosamente, ha pasado casi desapercibido entre analistas, comentaristas y hasta entre los propios medios de comunicación.

No habla solamente de campañas políticas. Habla también de “medios de comunicación”. Y ahí el silencio dejó de ser casual para convertirse en sospechoso.

Porque una cosa es aceptar que el dinero ilegal financie candidatos. Eso ya forma parte del imaginario colectivo mexicano. Pero otra muy distinta es admitir que ese mismo dinero pudiera haber servido para comprar líneas editoriales, fabricar reputaciones, destruir adversarios, ocultar investigaciones o construir realidades paralelas.

Si el dinero del huachicol fiscal terminaba en campañas políticas, el objetivo era ganar elecciones.

Pero si también llegaba a medios de comunicación, entonces el objetivo era ganar algo todavía más valioso: la narrativa.

Y quien controla la narrativa casi siempre termina controlando la percepción pública.
De pronto muchas piezas comienzan a acomodarse.
¿Por qué ciertos personajes parecían inmunes al escrutinio periodístico?
¿Por qué algunos escándalos morían antes de nacer?
¿Por qué había medios donde determinadas investigaciones simplemente no existían?
¿Por qué algunos periodistas parecían ejercer más como jefes de prensa que como reporteros?
Y, sobre todo, ¿de dónde salía el dinero para sostener verdaderos aparatos de propaganda disfrazados de periodismo?
Porque mantener campañas permanentes de publicidad política cuesta millones.
Las entrevistas complacientes cuestan.
Los espacios “informativos” disfrazados de noticias cuestan.
Los portales que viven para aplaudir también cuestan.
Hasta las tendencias artificiales en redes sociales tienen tarifa.

Y ni hablar de las encuestas. Esas que misteriosamente siempre colocan arriba al cliente que las paga y abajo al adversario que las cuestiona. Esas mediciones que aparecen justo cuando alguien necesita justificar una candidatura, legitimar una decisión política o convencer a la opinión pública de que un personaje es inevitable.

Tal vez algún día también sepamos quién financiaba esas encuestas tan generosas con unos y tan despiadadas con otros.

Porque hacer demoscopia “cuchareada” tampoco resulta barato.

El documento estadounidense no menciona nombres de medios. Todavía. Pero tampoco deja demasiado espacio para la imaginación cuando afirma que recursos provenientes de estas estructuras criminales podían utilizarse para beneficiar a políticos corruptos mediante pagos dirigidos a campañas y medios de comunicación.

La diferencia entre un partido político y un medio debería ser sencilla. El primero busca conquistar el poder. El segundo debería vigilarlo. Cuando ambos terminan alimentándose de la misma bolsa, la democracia deja de tener contrapesos y empieza a parecer un negocio de accionistas.

Quizá por eso el tema ha recibido tan poca atención. Resulta mucho más cómodo discutir qué político recibió dinero que preguntarse qué empresa periodística pudo haber cobrado por callar. Porque si algún día esos nombres salen a la luz, habrá quienes descubran que nunca fueron periodistas independientes. Simplemente estaban en nómina.

Y entonces entenderemos que, en México, no sólo se compraban elecciones. También se rentaba el silencio.

El hilo más delgado de la 4T

En política, el respaldo dura hasta que empieza a costar demasiado. Y Marina del Pilar Ávila parece haber llegado a esa zona incómoda donde ya no basta con una foto, una defensa tibia o un “no hay delito que perseguir”.

Primero, desde Palacio Nacional dijeron que no había información sensible comprometida en los audios. Después, cuando aparecieron más grabaciones y la palabra Panamá entró al guion, la presidenta Claudia Sheinbaum fue más clara: Marina tenía que explicar. Además, dijo que no había hablado con ella.

Para el lenguaje político, eso no es un abrazo. Es el equivalente institucional de dejar a alguien en visto.

No significa que Sheinbaum haya decidido romper con la gobernadora. Tampoco hay prueba de que exista una orden para sacrificarla. Pero sí muestra algo evidente: Marina dejó de ser un problema local y se convirtió en un asunto que incomoda al gobierno federal, justo cuando México necesita hablar con Estados Unidos sin que cada conversación parezca episodio de una serie de espionaje mal actuada.

Porque el problema no es sólo lo que se escucha en los audios. El problema es lo que proyectan: una gobernadora preocupada por su visa, supuestos cargos y contactos con agencias estadounidenses. Y mientras Morena intenta sostener un discurso de soberanía, Baja California ofrece una escena donde la palabra “FBI” aparece más veces de las que cualquier oficina de comunicación quisiera escuchar.

En ese contexto, la judicialización del exgobernador panista Ernesto Ruffo Appel llegó con una difusión oficial tan amplia que inevitablemente alimentó sospechas. La Fiscalía debe investigar y, si tiene pruebas, llevar el caso hasta donde corresponda. Nadie está pidiendo impunidad para Ruffo. Pero cuando el despliegue es tan visible y coincide con el incendio mediático de Marina, la percepción pública hace su trabajo: parece que alguien quiso cambiar de tema.
Tal vez no fue una cortina de humo. Pero en política las cortinas no necesitan venir con etiqueta. Basta con que tapen algo.

El problema para Sheinbaum es que no se trata de un solo frente. Ahí están los costos políticos de los casos y señalamientos alrededor de Rubén Rocha Moya, Adán Augusto López Hernández, Américo Villarreal y Alfonso Durazo. Todos son figuras relevantes de Morena, todos cargan distintos niveles de desgaste público y todos obligan al gobierno a jugar defensa.

Pero no todos pesan igual.

Marina tiene una desventaja: Baja California es frontera, tiene relación diaria con Estados Unidos y su caso incluye visa revocada, audios, posibles intermediarios y agencias estadounidenses. Es un paquete demasiado completo para ignorarlo y demasiado incómodo para defenderlo con entusiasmo.

Por eso empieza a sonar la vieja frase de la política mexicana: “la ley se aplica como una tela”. Se estira, se encoge, se acomoda y, cuando hace falta, se rompe por el hilo más delgado.

No porque Marina sea necesariamente la más débil. Sino porque puede ser la más útil.

Washington presiona por seguridad, migración, comercio y combate al crimen. México necesita avanzar en la relación bilateral y proteger la negociación del T-MEC. En esa mesa, una gobernadora cuestionada puede convertirse en un problema que alguien quiera resolver antes de que crezca.

No hay datos para afirmar que Marina del Pilar sea una moneda de cambio para Donald Trump. Decirlo como hecho sería irresponsable. Pero tampoco sería raro que, en la lógica fría del poder, el gobierno federal calcule cuánto cuesta defenderla y cuánto cuesta dejar que enfrente sola las consecuencias políticas de sus propias explicaciones.

La tragedia para Marina es que ya no depende sólo de lo que diga. Depende de cuánto desgaste esté dispuesto a absorber el gobierno que hasta hace poco la respaldaba.
Y cuando una gobernadora pasa de ser defendida a “tener que explicar”, conviene revisar si el hilo todavía está unido a la tela… o si ya empezaron a jalarlo.

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Matices: El sustituto

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Los rumores dentro de la Secretaría de Salud se han intensificado las últimas semanas, en el sentido de que si Adrián Medina Amarillas se va a hacer campaña como aspirante a la diputación del primer distrito federal, el sustituto sería la peor opción posible. A la gobernadora le encanta pagar favores con cargos.

Ahí tenemos a su compadre Manuel Guerrero Luna, quien no destacó ni como líder de los burócratas ni como diputado local, pero como dice Marina del Pilar “amor con amor se paga”, ahí lo tenemos ahora metido en la Conagua viviendo del erario.

Por cierto que a Guerrero, quien anda como adolescente con las hormonas a tope y publicando cosas que dan pena ajena en las redes, le encanta andar pidiendo favores. Por ejemplo, que suelten a su pariente que agarraron en el alcoholímetro, y cositas como esa a altas horas de la madrugada.

Bueno, pero estábamos en la gran propuesta de la gober para sustituir a Medina Amarillas. ¿Quién sería la peor opción que podrían pensar? Otro a quien pagarle un favor: el mismísimo creador de los “Marinos de Marina”, Dagoberto Valdez.

Algunos de los problemas en los que se ha visto envuelto el exdirector de Issstecali, son:

1. Solicitud de juicio político (2024)

  • La exdirigente sindical y exdiputada Victoria Bentley presentó una solicitud de juicio político en el Congreso de Baja California contra Valdés Juárez y el exdirector Odilar Moreno.
  • Acusaciones principales contra Valdés: Recorte de 92 millones de pesos al presupuesto de salud en 2023. Se le critica por falta de conocimientos contables y por el deterioro del instituto.
  • Esto se enmarca en protestas de trabajadores y jubilados por falta de transparencia, recortes en servicios, favoritismos y engrosamiento innecesario de la nómina.

2. Irregularidades en pagos y cuotas sindicales (2023)

  • El Sindicato Estatal de Trabajadores de la Educación de Baja California (SETEBC) exigió su renuncia por errores en el cobro y desvío de cuotas sindicales de jubilados y pensionados (se reportó como “error de dedo” por la gobernadora, pero se repitió).
  • Problemas con el fondo de defunción (no se entregaron recursos a beneficiarios en varios casos) y cobros a interinos sin darles acceso a servicios. Afectó a miles de docentes.

3. Controversia por cirugía a líder sindical (2022)

  • Se le criticó por una operación de blefaroptosis (párpados) realizada en instalaciones de ISSSTECALI al entonces diputado y líder burocrático Manuel Guerrero Luna. Valdés defendió que fue por un problema de salud oftalmológico y que está dentro de los servicios disponibles.

4. Participación política y uso de recursos (2024)

  • El PRI preparó denuncias penales contra funcionarios de ISSSTECALI, incluido Valdés, por presunta participación en eventos proselitistas de Morena (“Los Marinos de Marina” y “Los Marinos con Claudia”) usando instalaciones públicas y en horario laboral.

5. Contexto general de crisis en ISSSTECALI

  • Valdés heredó y gestionó deudas millonarias (incluyendo adeudos fiscales con el SAT por cientos de millones, predios sin regularizar o invadidos, retiros de reservas técnicas y falta de pagos de municipios como Ensenada y Tecate).
  • Auditorías pasadas (como la Cuenta Pública 2021) revelaron irregularidades en pagos de impuestos, contratos sin licitación y mal manejo de bienes, aunque muchas corresponden a administraciones previas.
  • Compra de medicamentos caducos, clonados o robados, y protección a un acosador sexual, en cuyo proceso penal revictimizó a la afectada.

En otro tema, los bienes no localizados del Ayuntamiento de Mexicali apunta a un tema muy bien planchadito con los regidores. Estuvo bueno el reparto de plazas o de apoyos sociales. Dicen que son bienes robados o descartados por viejos, pero ¿por qué no aparecen los resguardos firmados por una persona responsable como debe ser? Eso es una irregularidad a todas luces, pero ¿qué van a decir los reyes de la opacidad? Si nunca nos iban a decir que estamos pagando la renta del Lux desde el 2024 para favorecer a Panchito Pérez Tejada, el benefactor de Marina del Pilar en sus campañas, pues menos nos van a explicar esto.

Beatriz Apodaca.

Beatriz Apodaca era la pareja de un tipo que empezó a producir contenido noticioso, bajo el nombre Chicali Town, hijo de Maribel Avilez, exoficial mayor de Jaime Diaz, aquel expresidente municipal que jubiló muy bien a su secretaria, con una categoría que ni existía.

El tipo en cuestión, Luis Humberto, quien critica a los periodistas pero se muere porque lo consideren como tal, dejó en la calle a su exmujer y su hija de dos años, según la denuncia en redes de Apodaca. Una caso más de candil de la calle, oscuridad de su casa.

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Algo cada día: El teatro del absurdo

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COLUMNA INVITADA/Por Fernando Ruiz del Castillo

La política mexicana vuelve a demostrar que, cuando está en problemas, prefiere montar un espectáculo antes que enfrentar la realidad. La detención del exgobernador Ernesto Ruffo Appel, acusado de delincuencia organizada y contrabando, parece menos un acto de justicia que un intento por desviar la atención de otro asunto mucho más delicado.

No hace falta buscar explicaciones complicadas sobre el momento en que ocurrió el arresto. Fue una decisión política mal ejecutada. En Palacio Nacional y entre sus aliados parece haber más preocupación por apagar el escándalo que rodea a la gobernadora Marina del Pilar Ávila que por castigar los presuntos delitos de un exgobernador. Si Ruffo cometió un delito, deberá responder ante los tribunales. Pero el verdadero problema para el gobierno está en otro lado.

Todo apunta a que la detención busca quitar reflectores a los audios filtrados donde, presuntamente, la gobernadora habla de obtener protección e inmunidad a cambio de colaborar con agencias extranjeras. Más allá de quiénes sean sus interlocutores, el asunto de fondo es muy serio. Si un gobernante ofrece información o favores a otro país para protegerse políticamente, el tema deja de ser un simple escándalo y entra en el terreno de la lealtad al Estado mexicano.

Pensar que la opinión pública olvidará ese tema porque detuvieron a un exgobernador de hace décadas es subestimar la inteligencia de los ciudadanos. La maquinaria oficial ha difundido ampliamente la noticia de Ruffo, pero el resultado parece ser el contrario: en lugar de apagar el incendio, ha provocado que más personas vuelvan a mirar hacia Baja California y a preguntarse qué está ocurriendo realmente.

Si el gobierno de Claudia Sheinbaum cree que la justicia puede aplicarse solo cuando conviene políticamente, está corriendo un riesgo muy grande. La vieja estrategia de crear un escándalo para ocultar otro cada vez funciona menos. Hoy la gente tiene más información, compara versiones y saca sus propias conclusiones.

Lo preocupante es que cada vez parece más claro que la Fiscalía actúa con criterios políticos y no únicamente jurídicos. Mientras tanto, los audios que involucran a la gobernadora siguen ahí. No desaparecen con conferencias de prensa ni con detenciones espectaculares.
Al final, el caso Ruffo podría recordarse no por sus implicaciones legales, sino como el intento de un gobierno por desviar la atención de un problema mucho más grave. La pregunta ya no es solamente qué hizo un exgobernador hace años, sino hasta dónde está dispuesto a llegar el poder para proteger a quienes hoy lo representan.

El laberinto del miedo

Si la detención de Ruffo fue una cortina de humo, lo realmente preocupante es preguntarse por qué el gobierno sintió la necesidad de lanzarla. La respuesta parece sencilla: miedo.

No da la impresión de que el oficialismo esté protegiendo a sus integrantes por lealtad o por principios. Lo hace porque teme que, si alguno se siente abandonado, termine colaborando con autoridades extranjeras para protegerse. Cuando eso ocurre, significa que dentro del propio gobierno la confianza empieza a romperse.

La administración de Claudia Sheinbaum enfrenta un problema que va más allá de la oposición. El verdadero riesgo parece estar dentro de su propio movimiento. Cuando un grupo político comienza a desconfiar de sus propios integrantes, las decisiones dejan de tomarse con serenidad y empiezan a responder al temor de perder el control.

En ese contexto, la Fiscalía General de la República del Bienestar da la impresión de actuar más como herramienta política que como una institución dedicada exclusivamente a impartir justicia. Al mismo tiempo, un Poder Judicial del Bienestar cuestionado y debilitado genera la percepción de que existen pocos contrapesos para frenar posibles abusos. Y quien termina pagando las consecuencias es el ciudadano común.

Por eso cada vez más personas depositan su esperanza en instituciones extranjeras. Es una señal muy preocupante para cualquier país. Cuando la gente confía más en autoridades de otro lugar que en las propias, significa que las instituciones nacionales han perdido buena parte de su credibilidad.

Todo indica que veremos más detenciones mediáticas, más conferencias y más intentos por cambiar la conversación pública. Pero esas estrategias difícilmente resolverán el problema de fondo. La confianza no se recupera con propaganda.

La historia demuestra que los gobiernos que actúan desde el miedo suelen cometer sus peores errores. Cuando el objetivo principal deja de ser gobernar y pasa a ser sobrevivir políticamente, las decisiones terminan agravando la crisis.

Hoy la verdadera pregunta no es si el oficialismo logrará contener el desgaste. La duda es cuánto daño institucional dejará antes de que esta crisis llegue a su desenlace.

Antes del desenlace

La decisión de la jueza de vincular a proceso a Ernesto Ruffo Appel y mantenerlo recluido en el penal del Altiplano cambió el tablero político, pero no necesariamente el fondo del problema. A partir de ahora, el gobierno federal puede afirmar que no fue solo la Fiscalía quien actuó, sino también un Poder Judicial que encontró elementos suficientes para continuar el proceso. En términos de comunicación política, Morena consiguió un respiro.

Pero un respiro no es una absolución política. La vinculación a proceso no equivale a una sentencia condenatoria. Significa, simplemente, que existen indicios para llevar el caso a juicio. La verdadera prueba vendrá cuando las evidencias sean sometidas al escrutinio de un tribunal. Ahí terminará la política y comenzará el derecho. O, al menos, eso debería ocurrir, aunque con los jueces del bienestar todo puede ocurrir.

El problema para el oficialismo es que la sospecha sobre el momento elegido para actuar, insisto, no desaparece. La detención ocurrió en plena tormenta provocada por los audios que involucran a la gobernadora Marina del Pilar Ávila. La resolución judicial fortalece la narrativa del gobierno, sí, pero no borra la percepción de que el caso también tuvo una utilidad política: cambiar la conversación pública.

Ahora Morena enfrenta un desafío mucho mayor. Si el expediente contra Ruffo es sólido y concluye con una sentencia sustentada en pruebas contundentes, el gobierno podrá presumir que nadie está por encima de la ley. Pero si el caso se desmorona por errores procesales, pruebas insuficientes o inconsistencias, la historia cambiará por completo. Lo que hoy parece un triunfo podría convertirse en el ejemplo más claro de justicia utilizada como herramienta política.

Y hay otro riesgo que el oficialismo no debería minimizar. Mientras despliega toda la fuerza del Estado contra un exgobernador panista, la opinión pública sigue esperando el mismo rigor frente a los señalamientos que pesan sobre funcionarios del propio movimiento. La justicia pierde credibilidad cuando parece tener calendario político y destinatarios selectivos.

Por eso el caso Ruffo dejó de ser solamente el juicio de un exgobernador. Se convirtió en el juicio de la propia Fiscalía, del nuevo Poder Judicial y del discurso presidencial que promete una justicia pareja para todos.

Al final, la pregunta ya no es si Ernesto Ruffo será declarado culpable o inocente. La verdadera incógnita es si el gobierno podrá demostrar que este proceso responde exclusivamente a la ley y no a la necesidad de sobrevivir a una de las peores crisis políticas que ha enfrentado desde que llegó al poder. Porque una sentencia puede cerrar un expediente, pero solo la imparcialidad puede cerrar la duda.

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