Columna
Algo cada día: El gobernador que se necesita, no el que Morena quiere
COLUMNA INVITADA/Por Fernando Ruiz del Castillo
Hay elecciones que se ganan con votos. Y hay otras que, antes de llegar a las urnas, se cocinan en los pasillos del poder. La sucesión de Baja California pertenece, por ahora, a la segunda categoría.
Morena está a punto de decidir quién será su coordinador de la Defensa de la Transformación y la Soberanía, eufemismo electoral que permite adelantar la campaña sin llamarla campaña. Una trampa, pues.
Porque en México, desde que la política descubrió que cambiarle el nombre a las cosas las vuelve legales, una candidatura dejó de ser candidatura y se convirtió en coordinación; una precampaña se volvió asamblea y una disputa por el poder se transformó, milagrosamente, en defensa de la soberanía.
Pero más allá de Julieta Ramírez, Ismael Burgueño, Fernando Castro Trenti, Armando Ayala, Evangelina Moreno, Alfredo Álvarez y Montserrat Caballero, hay una pregunta que debería estar por encima de todos ellos: ¿Qué necesita Baja California?
Porque el estado que recibirá el próximo gobernador no será el mismo que recibió Marina del Pilar Ávila Olmeda. Y tampoco será el México relativamente predecible de hace algunos años. El país enfrenta un escenario económico mucho más estrecho. El gasto social crece, las finanzas públicas enfrentan mayores presiones y la inversión pública tiene menos margen.
Analistas han advertido precisamente sobre el deterioro del espacio fiscal, mientras el crecimiento económico nacional se mantiene débil.
Baja California, además, tiene una ventaja que puede convertirse en salvavidas o desperdicio histórico: su frontera.
Aquí no basta administrar nóminas, repartir programas sociales, inaugurar pavimento y tomarse fotografías con funcionarios.
El próximo gobernador tendrá que saber hablar con Washington, entender el T-MEC, atraer inversión, resolver agua, energía, infraestructura, seguridad, vivienda y movilidad; defender al estado frente a decisiones federales y, sobre todo, construir una relación inteligente con Estados Unidos.
Porque la economía bajacaliforniana no vive de discursos. Vive de la frontera. Y mientras la política nacional insiste en dividir entre buenos y malos, chairos y fifís, pueblo y adversarios, Baja California necesita exactamente lo contrario: Capacidad para tender puentes.
La polarización puede ser electoralmente rentable para quien la administra desde Palacio. Para un estado fronterizo puede resultar carísima. Ahí es donde conviene mirar a los aspirantes sin la camiseta partidista.
Ismael Burgueño tiene algo que nadie puede comprar con un doctorado ni con un discurso: experiencia reciente de gobierno. Tijuana ha registrado una reducción importante de homicidios durante su administración, aunque sería absurdo adjudicársela exclusivamente al alcalde porque intervienen los tres órdenes de gobierno.
Julieta Ramírez representa juventud, presencia nacional y capacidad política. Su problema es igualmente evidente: La política no es lo mismo que la administración. Una senaduría enseña a negociar; una gubernatura obliga a responder por seguridad, hospitales, carreteras, agua, deuda y empleos.
Fernando Castro Trenti tiene el currículum que muchos necesitarían varias vidas para acumular. Su problema es precisamente ése: después de tantos años en el poder, ya no puede pedir que lo juzguen por potencial. Tiene que ser juzgado por resultados.
Armando Ayala conoce el gobierno municipal y tiene experiencia electoral. Pero su desempeño legislativo reciente, particularmente sus cifras de iniciativas y votaciones, ofrece munición suficiente para que sus adversarios le pregunten qué tan productivo puede ser un gobernador si ni siquiera logró convertir una parte importante de su actividad legislativa en resultados tangibles.
Evangelina Moreno tiene trayectoria legislativa y territorial. Pero enfrenta una pregunta mucho más sencilla: ¿dónde está su experiencia administrando una estructura del tamaño y complejidad de Baja California?
Y Alfredo Álvarez quizá tenga el perfil técnico-administrativo más completo. Su experiencia institucional, jurídica y diplomática es un activo extraordinario. Pero tiene una dificultad electoral: Un currículum no vota.
Y luego está Montserrat Caballero, que introduce otra variable: experiencia ejecutiva y conocimiento de Tijuana, pero también desgaste político y una relación conflictiva con el grupo de Marina del Pilar. Su incorporación al escenario no puede ignorarse, particularmente después de su acercamiento al PT.
Por eso la decisión de Morena debería ser mucho más seria que escoger al que tenga más fotografías, más seguidores o más funcionarios aplaudiéndole.
El próximo gobernador deberá ser, antes que nada, “un administrador competente del conflicto”. Porque Baja California va a necesitar negociar con el Gobierno federal, con Estados Unidos, con empresarios, sindicatos, alcaldes, universidades, agricultores, organismos civiles y una sociedad cada vez más cansada de que la política convierta cualquier desacuerdo en una guerra moral.
Y aquí está la ironía: Morena puede escoger al candidato que mejor represente a Morena.
Pero Baja California necesita al candidato que mejor represente a Baja California. Son cosas muy distintas.
La primera decisión sirve para ganar una elección. La segunda para gobernar. Y frente al futuro incierto de México, con una economía que ofrece menos margen, una relación bilateral más complicada, una seguridad que no admite triunfalismos y una sociedad políticamente dividida, Baja California no necesita otro administrador de la polarización.
Necesita un “constructor de acuerdos”. Alguien que entienda que el agua no es de izquierda ni de derecha; que un empleo industrial no milita en Morena ni en la oposición; que un homicidio no pregunta por quién votó la víctima; que una empresa que decide irse no lee los discursos del gobernador y que Washington no negocia con consignas.
Quizá ésa sea la prueba definitiva para Morena. No quién de sus aspirantes tiene más poder. No quién tiene más padrinos. No quién aparece primero en una encuesta. Sino quién puede demostrar que, llegado el momento, “tendrá la inteligencia, la preparación, la experiencia y la independencia suficientes para poner los intereses de Baja California por encima de los intereses de la facción que lo llevó al poder”.
Porque gobernar Baja California no debería ser el premio mayor de la tómbola política. Es, en las circunstancias que vienen, un problema de alta responsabilidad nacional. Y sería una verdadera tragedia que, después de tanto hablar de transformación, termináramos escogiendo simplemente al mejor solo transformado en candidato.
¿El hombre que necesita Marina?
¿Es Ariel Alejandro Lizárraga Montero el hombre que Marina del Pilar Ávila Olmeda necesita para recuperar el poder, la autoridad y el respeto que parecen haberse extraviado en los pasillos de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial?
¿Es Ariel Alejandro Lizárraga Montero quien puede poner orden en el gabinete, equilibrar los egos que diariamente chocan, se estorban y compiten por ver quién es más importante que el propio gobierno?
¿Es Ariel Alejandro Lizárraga Montero, finalmente, el operador duro y eficaz que requiere una gobernadora a la que le quedan apenas 13 meses para dejar la gubernatura y que necesita recuperar, cuando menos, una parte de la imagen con la que inició su administración?
La respuesta, por ahora, está en veremos.
Ariel Lizárraga llega a la Coordinación del Gabinete precedido de una reputación que no precisamente se construyó repartiendo flores. Se le atribuyen dureza, capacidad de operación y, si se quiere decir con menos diplomacia, una cierta disposición a hacer lo necesario para conseguir resultados. Hasta la inmoralidad, dirán algunos. Pero efectivo, insistirán otros. Y Marina lo necesita.
Lo necesita porque su gobierno atraviesa una de las peores borrascas de su administración. Su imagen personal, su autoridad política y su capacidad para transmitir control han sufrido golpes que ya no se resuelven con una fotografía sonriente, una transmisión en vivo o una mañanera con preguntas previamente domesticadas.
Lizárraga sabe que la encomienda no será sencilla. Para coordinar un gabinete no basta con convocar reuniones, tomar nota y repartir minutas. Eso lo puede hacer una secretaria particularmente organizada.
Coordinar un gabinete significa imponer prioridades, resolver conflictos, exigir resultados y, cuando sea necesario, recordarles a algunos secretarios y directores que trabajan para el gobierno y no que el gobierno trabaja para ellos.
Pero para conseguirlo necesita algo fundamental: poder.
No poder prestado para la fotografía. Poder real, delegado y respaldado por la gobernadora. De lo contrario, Ariel Lizárraga terminará convertido en un elegante buzón de quejas, un levantador profesional de acuerdos incumplidos o, peor todavía, en un espantapájaros colocado en medio del gabinete para provocar temor sin tener autorización para mover una sola pluma.
Su llegada, por cierto, ya levantó algunas cejas. Especialmente entre funcionarios de primerísimo nivel que durante demasiado tiempo parecieron sentirse no solamente intocables por la gobernadora, sino directamente protegidos por una autoridad todavía más elevada.
¿Ejemplos? Pon…gan ustedes los nombres.
La expectativa es grande porque la necesidad también lo es. Sin embargo, hasta ahora los resultados visibles brillan por su ausencia.
Después de la psicosis provocada por la alerta norteamericana sobre posibles atentados en Mexicali, atribuidos a supuestos integrantes del cártel de Los Rusos contra instalaciones policiacas municipales y estatales, y después de una descafeinada mañanera marinista, la percepción pública es que nada cambió.
Todo sigue igual. Y eso abre dos posibilidades.
La primera: Ariel Lizárraga todavía no asume plenamente las riendas de la Coordinación del Gabinete y requiere tiempo para comenzar a operar.
La segunda es más preocupante: sí llegó, pero no lo van a dejar actuar.
Porque una cosa es contratar a un hombre con fama de mano de hierro y otra muy distinta permitirle cerrar los dedos cuando encuentre resistencias.
Marina del Pilar necesita un coordinador de gabinete, no una figura decorativa. Necesita a alguien que pueda ordenar, corregir, exigir y, llegado el caso, incomodar. Porque un gabinete donde nadie incomoda a nadie suele terminar siendo un gabinete donde nadie responde por nada.
La incógnita, entonces, no es solamente si Ariel Alejandro Lizárraga Montero tiene la capacidad para sacar a flote a Marina del Pilar.
La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿Marina del Pilar está dispuesta a dejarlo trabajar?
Porque si al hombre de la mano de hierro le obligan a cambiar el guante por un pétalo de rosa, dentro de algunos meses descubriremos que no llegó un estratega a rescatar el gobierno.
Llegó otro funcionario a aprender a flotar.
Rajones y gandallas
Hay políticos que, cuando descubren que una ley no se cumple, tienen dos opciones: hacerla cumplir o cambiarla.
En Baja California, Juan Manuel Molina García acaba de recordarnos cuál de las dos prefieren algunos.
El pentadiputado, multicachuchas y eterno especialista en encontrarle la cuadratura al círculo legislativo decidió presentar una iniciativa para que partidos y candidatos puedan contratar, prácticamente a voluntad, bardas, espectaculares, carteleras y cuantos espacios encuentren disponibles para inundar las ciudades con propaganda electoral.
¿La razón?
Que la prohibición vigente no funciona. Que nadie la respeta. Y que las sanciones son tan ridículas que no intimidan a nadie. Magnífico.
Es como quitar el límite de velocidad porque los automovilistas no lo respetan y las multas son demasiado pequeñas.
O legalizar el robo porque los ladrones no tienen miedo de ir a la cárcel.
En el mundo de Molina, si la realidad no se ajusta a la ley, no hay que cambiar la realidad. Hay que cambiar la ley. Qué práctico.
Lo verdaderamente curioso es que el diputado parece haber olvidado que detrás de cada espectacular, cada lona, cada barda pintarrajeada y cada cartel con la sonrisa congelada de un candidato hay algo más que contaminación visual. Hay dinero. Mucho dinero.
Y, salvo honrosas excepciones, no precisamente de los bolsillos de quienes aparecen retratados.
Porque los políticos tienen una curiosa relación con su cartera: para las campañas siempre encuentran dinero; para pagarlas de su bolsillo, casi nunca.
Y aquí aparece el detalle que hace particularmente sospechosa la ocurrencia. ¿Quiénes tienen la estructura, los recursos, los gobiernos, los funcionarios, los partidos y la maquinaria electoral suficientes para llenar Baja California de propaganda?
Morena.
¿Y quién lo sabe? Juan Manuel Molina García.
Por supuesto que lo sabe. Por eso resulta difícil creer que la iniciativa sea solamente una respuesta técnica a una ley ineficaz. Porque si las sanciones son ridículas, lo lógico sería hacerlas verdaderamente ejemplares.
¿Dónde está la propuesta para cancelar el registro del partido o candidato que viole sistemáticamente las reglas?
¿Dónde está la sanción que realmente duela?
¿Dónde está el mecanismo para impedir que quien se burla de la ley participe en igualdad de condiciones con quien sí la respeta?
Ahí está el verdadero problema. Eso sí requeriría valor político. Y quizá ahí se acabó el entusiasmo legislativo.
Es mucho más sencillo decir: “Como nadie cumple la ley, permitamos que todos hagan lo que ya hacen”. Genial. Así cualquiera reforma. Primero prohibimos. Después permitimos que se viole. Luego descubrimos que la prohibición fue un fracaso. Y finalmente la eliminamos.
No es incompetencia. Es evolución legislativa.
Mientras tanto, los ciudadanos seguiremos pagando el espectáculo: dinero público convertido en propaganda, ciudades convertidas en escaparates electorales y campañas cada vez más largas, más caras y más invasivas y más, mucho más, sucias en toda la extensión de la palabra. Todo en nombre de la democracia. Qué ironía.
Porque democracia no significa que quien tiene más dinero pueda comprar más bardas, más espectaculares y más visibilidad.
Significa, precisamente, establecer reglas para que quien tiene más dinero no pueda comprar la elección.
Por eso la pregunta incómoda es inevitable: ¿La iniciativa de Molina busca corregir una ley que no funciona o simplemente quitarle obstáculos a quienes tienen más dinero para hacer campaña?
Porque cuando el legislador descubre que el infractor no respeta la ley y su solución consiste en quitarle la prohibición al infractor, ya no estamos hablando de una reforma.
Estamos hablando de otra cosa. Y en política, a esa cosa se le conoce de dos maneras:
rajones y gandallas.
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Matices: Las últimas patadas y demostraciones de poder
Este sábado a las 5 de la tarde en el audiorama de El trompo, en Tijuna, el líder supremo del CATEM (que es la versión priísta de la CTM), Pedro Haces, convoca a sus huestes para mostrar músculo de cara a las definiciones de candidaturas para el 2027.
Haces, quien fue priísta por más de 30 años, se ha visto envuelto en polémicas por utilizar ese maldito sistema de derechas llamado nacionalistamente “outsourcing”, para enriquecerse con contratos públicos adjudicados de manera directa, y a cambio hacer trabajar a personas por salarios apenas superiores al mínimo, a veces sin contrato de por medio.
También se hizo famoso por no acatar uno de los mandamientos de la secta tabasqueña: “santificarás la austeridad republicana”, y en cambio vivir con lujos y excesos y organizarse una fiesta de cumpleaños donde tiró la casa por la ventana en exclusivo club en 2025.
Bueno, pero estábamos en que viene a Tijuana y seguramente será para dar la bendición a su ahijado político y también expriísta, Alejandro Arregui, a quien le late el corazoncito por la alcaldía de Ensenada o lo que sea su voluntad. Arregui está tan agarrado de Haces como Samaniego de Ramírez Cuéllar, Evangelina de los Bartres, o Castro Trenti de Monreal. Así es la batalla de los padrinos mágicos.
Ustedes recordarán que el año pasado a inicios de septiembre de 2025 para presidir la Asamblea y la toma de protesta del Comité Ejecutivo Estatal de la Federación Autónoma de Trabajadores y Empleados de Baja California; pretexto que seguro usará este año.
La invitación incluye, además del discurso del amado líder, la presentación de la Sonora Santanera y la presencia de la gober. El caso es que hay que volver a llenar el auditorio y convocar a funcionarios de primer nivel, políticos de medio pelo y mucho pueblo para que luzca el evento.
Para eso no puede faltar el acarreo y las amenazas. Nos cuentan que a los trabajadores de confianza en la Junta de Conciliación del Centro Cívico, les están pidiendo asistir y llevar a dos o tres personas más al evento, bajo la amenaza de “consecuencias”. Para eso contarán con transporte y el obligado pase de lista. Estaremos pendientes del acarreo de empleados de la Secretaría del Trabajo y de la extorsión de la que son objeto para ir de acarreados.
Arregui sigue operando con la estructura de la Secretaría del Trabajo, usando los vehículos oficiales y los centros de trabajo para mover recursos humanos y materiales. Eso fue muy útil en el evento de entrega de mochilas el 22 de agosto pasado en Ensenada.

Aquí en esta imagen, Alejandro Hurtado es delegado del Centro de Conciliación Laboral de Baja California en Ensenada. El síndico del Ayuntamiento de Ensenada, Elí Oviedo, es también incondicional de Arregui.


Cambiando de tema, qué buen golpe le ponen a Julieta con la publicación de los antecedentes de su coordinador territorial, quien estuvo acusado y preso en Estados Unidos por traficar mariguana.
Rubén Eduardo Sandoval Chávez es operador político de la senadora Julieta Ramírez Padilla y labora en la Secretaría de Bienestar de Baja California adscrito a Tecate, no siendo el único con licencia para andar en la campaña de la senadora.
Los hechos se remiten a octubre de 2011, cuando Sandoval fue detenido en Estados Unidos junto a otras personas por transportar un cargamento oculto en un tráiler con más de 950 kilogramos de marihuana. Por esa acción, una corte federal le dictó una condena de 30 meses de prisión tras declararse culpable.
Tras cumplir su condena, Sandoval se integró a la estructura territorial de Morena, partido que es conocido por el milagro de redimir pecados, olvidar antecedentes, minimizar denuncias y esconder condenas.
Solicité un posicionamiento de Julieta Ramírez a través de sus voceros, pero se les fue el internet.


En otro asunto, nos platican que los empleados de confianza del Ayuntamiento de Mexicali, a quienes se les ofrecía servicio médico a través de Servicios Médicos Municipales, no tienen medicamentos fuera del cuadro básico y parece que no tendrán en el corto plazo. La austeridad llegó paa quedarse, les dice Claudia Beltrán.
Y hablando de austeridad, los bomberos de la capital están cada vez peor. Nos cuentan que el sistema de hidrantes de la ciudad está para llorar y ni remotas posibilidades de solucionarlo. Que los adictos se roban el cobre de las tapas y punto. Hace poco en un incendio tuvieron que tirar mangueras desde una larguísima distancia porque no había hidrantes cerca que funcionaran.
Luego descubrieron que la presión no era suficiente y en lo que veían qué hacer se les fue una hora, con lo que ese valioso tiempo significa para que el fuego no se propague. Por cierto que se intoxicaron varios, porque los bomberos se exponen a las llamas con porcentajes ridículamente bajos en sus tanques de oxígeno, los cuales por supuesto batallan mucho para que 1: estén en bueas condiciones, 2: sean llenados, 3: tengan suficientes.
Pero eso sí, ya aseguraron a Edén Muñoz en las Fiestas de Independiencia y el Ayuntamiento de Mexicali pagó una renta de más de 500 mil pesos mensuales por la renta de un inmueble abandonado por todo un año.
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Matices: juegan vencidas Julieta y Burgueño
Este domingo se llevaron a cabo dos eventos políticos para medir fuerzas entre dos de los aspirantes más fuertes de Morena a la gubernatura de Baja California: Julieta Ramírez e Ismael Burgueño.
El alcalde con licencia de Tijuana, Ismael Burgueño hizo una “asamblea informativa” -eufemismo para no decir evento proselitista- rumbo al proceso de selección de quien encabezará la Coordinación Estatal en Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional, en la coqueta ciudad, donde reportaron más de 10 mil asistentes, por supuesto con acarreo.

Mientras tanto, la senadora con licencia, Julieta Ramírez convocó a sus simpatizantes a una marcha, donde también gracias a los acarreados reunió según ella 11 mil personas, pero según tránsito municipal la cifra real fue la mitad: 5 mil 500 asistentes.
Los videos que nos hicieron llegar dan cuenta de más de 50 camiones en los alrededores de la UABC, donde el rector Luis Enrique Palafox dejó claro que no estaba bien ligar el nombre de la máxima casa de estudios con eventos partidistas, así sea solo como “punto de referencia” como dijo la protegida de la gobernadora en un video en redes, tras verse forzada a cambiar el punto de partida de la marcha no en apoyo ella y su candidatura, nooooo, sino en “defensa de la transformación y la soberanía nacional”.
A los funcionarios de gobierno los obligaron a ir, así que ese rumor de que Julieta y Marina están distanciadas es puro cuento; la operación Julieta está en marcha, pues urge que quede alguien que le cubra las espaldas -el desaseo financiero y la opacidad- a la actual administración en el siguiente sexenio.
Además, Julieta trae pegadito a Vicente Serrano, un periodista y comunicador digital, fundador de Sin Censura, con una línea editorial abiertamente favorable a la llamada Cuarta Transformación. Él se presenta como un periodista independiente y crítico de los medios tradicionales pero la verdad es que de independiente nada, pues es obvia su cercanía y respaldo público a López Obrador y a la 4T. Los operadores locales, Hugo Ruvalcaba -quien parece que ya le perdonó los desplantes de diva a Julieta- y Edgar Covarrubias, ahí andaban también.
Entre los funcionarios que pudimos ver en el evento de hoy, donde por cierto, la Cruz Roja atendió a 8 personas por deshidratación, están la alcaldesa de Mexicali, Norma Bustamante; la de San Quintín, Mirima Cano; la oficial mayor del Ayuntamiento cachanilla, Claudia Beltrán; el secretario del Ayuntamiento, Rodrigo Llantada; los diputados Jaime Cantón, Evelyn Sánchez, Michelle Tejeda, y el desertor de Fuerza por México, Alejandro Lara Arregui; el exdiputado Víctor Navarro; la secretaria de las Mujeres, Rebecca Vega Arriola; la extitular del INDE, Lourdes Cáñez; el exsecretario de Agricultura, Juan Meléndrez, y algunos regidores.
Y en otro tema, una dura realidad para los colectivos de búsqueda, ver el megaoperativo montado por la desaparición de un empresario. Qué bueno que fue localizado pero no se puede evitar ver con tristeza como hay desaparecidos de primera y de segunda.
Más de mil elementos participaron en la búsqueda, más drones y helicóptero. Ese esfuerzo institucional es el que las madres quisieran ver en las primeras horas tras el reporte de desaparición.
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Algo cada día: La marcha de los precandidatos
COLUMNA INVITADA/Por Fernando Ruiz del Castillo
Este domingo habrá dos marchas en Baja California. Oficialmente, ambas serán en apoyo a Claudia Sheinbaum, a la soberanía nacional y para que continúe la Cuarta Transformación. Una en Mexicali, convocada por la senadora con licencia Julieta Ramírez Padilla; otra en Tijuana, encabezada por el alcalde con licencia Ismael Burgueño Ruiz.
Qué admirable coincidencia.
Dos personajes que aspiran a la misma posición, en las dos ciudades más importantes del estado, convocando simultáneamente a defender exactamente las mismas causas.
Y quien crea que todo se trata únicamente de apoyar a la Presidenta quizá también crea que las asambleas informativas, los recorridos territoriales y los mítines políticos son ejercicios espontáneos de amor cívico.
La realidad es menos romántica: Julieta e Ismael están en campaña.
O, para decirlo en el sofisticado idioma de Morena, están compitiendo por la Coordinación Estatal para la Defensa de la Transformación, la Soberanía Nacional y cualquier otro nombre suficientemente largo para evitar pronunciar la palabra prohibida: candidatura. Porque detrás de la coordinación está la antesala de la candidatura de Morena a la gubernatura en 2027. Y ambos lo saben. También lo saben sus operadores, sus equipos, sus simpatizantes y hasta quienes están preparando las lonas.
La convocatoria de este domingo ocurre, además, después de semanas en las que la disputa interna ha dejado de ser una competencia y se parece cada vez más a una pelea de cantina donde, agotados los argumentos, alguien ya busca la cubeta.
En Tijuana, incluso, un evento encabezado por Burgueño fue descrito públicamente como una asamblea informativa que, en los hechos, funcionó como un acto de respaldo a su aspiración política. El episodio dejó nuevamente en evidencia que la frontera entre informar, movilizar y promoverse puede ser extraordinariamente flexible cuando se aproxima una candidatura.
Mientras tanto, Julieta Ramírez mantiene su propia estructura territorial, sus encuentros, sus recorridos y su discurso de continuidad. En las últimas semanas ha insistido precisamente en la necesidad de unidad y en retomar los principios de la Cuarta Transformación.
Unidad.
Esa hermosa palabra.
La misma que desde la dirigencia nacional se invoca como si fuera un extintor para apagar los incendios internos. Citlalli Hernández y otros dirigentes han insistido en que el proceso debe mantener cohesionados a los aspirantes y evitar que la competencia termine destruyendo al movimiento desde dentro.
Pero una cosa es hablar de unidad.
Y otra muy distinta es practicarla.
Porque en Baja California los aspirantes parecen haber entendido la instrucción de una manera peculiar: “unámonos todos… detrás de mí”.
Y ahí está el verdadero problema.
La lucha entre Julieta Ramírez e Ismael Burgueño ya no debería analizarse solamente desde la pregunta tradicional: ¿quién va ganando?
Las encuestas, además, han ofrecido fotografías distintas según quién las pague, quién las publique y, naturalmente, quién aparezca arriba. Algunos ejercicios han colocado a Burgueño al frente y otros han favorecido a Ramírez, confirmando una antigua verdad de la política mexicana: hay encuestas para medir la realidad y otras para ayudar a construirla.
Por eso, en las próximas entregas, éste no será un ejercicio para apostar quién será. Será para preguntar quién conviene a Baja California. Porque la gubernatura no es un premio de consolación, una recompensa por lealtades partidistas ni la medalla que recibe quien logró llenar más camiones para una marcha dominical.
Baja California tiene problemas demasiado grandes como para decidir su futuro entre porras y fotografías aéreas. Inseguridad, corrupción, opacidad, crisis de servicios, infraestructura insuficiente y una relación cada vez más complicada entre los distintos grupos que controlan Morena.
El estado necesita un gobernador o gobernadora que pueda gobernar. Parece una obviedad.
Pero en estos tiempos hay que aclarar hasta las obviedades. Así que este domingo veremos marchas, discursos, banderas, consignas y, por supuesto, una demostración de apoyo a Claudia Sheinbaum. Todo perfectamente legítimo.
Sólo que debajo de cada pancarta habrá otra pregunta.
No será: ¿quién apoya más a la Presidenta? Será: ¿quién logró demostrar que puede convertirse en el próximo gobernador de Baja California? Y ésa, aunque la escondan detrás de la soberanía, la transformación y el amor a la patria, es la única marcha que realmente importa.
Transparencia…cinco años después
Gabriela Monge anunció, con el entusiasmo propio de quien descubre que las ventanas también sirven para dejar entrar la luz, que los funcionarios del Gobierno de Baja California subirán sus declaraciones patrimoniales a la Plataforma Nacional de Transparencia.
La noticia merece aplausos.
Aunque quizá primero habría que preguntar: ¿y antes por qué no?
Porque la transparencia no es una concesión graciosa del gobierno, ni un acto de generosidad de los funcionarios, ni una campaña de primavera para mejorar la imagen de una administración cuestionada por su opacidad. Es una obligación. Tan sencilla como eso.
Los servidores públicos administran dinero que no es suyo, toman decisiones que afectan a millones de personas y ejercen un poder que los ciudadanos les prestan temporalmente. Por eso deben explicar cuánto ganan, qué patrimonio poseen, con quién contratan y cómo gastan.
Y resulta que, según las propias cifras del sistema de transparencia de Baja California, eso es precisamente lo que más quiere saber la gente.
Los salarios encabezaron las consultas con una ventaja aplastante: más de 46 mil. Después aparecen las declaraciones patrimoniales, los proveedores y contratistas, los contratos y convenios, los viáticos, los currículos y las sanciones a funcionarios. Es decir, el ciudadano no está preguntando qué color tiene la alfombra de la oficina del secretario en turno. Quiere seguir el dinero.
Quiere saber cuánto ganan. Quiere saber cuánto tienen. Quiere saber a quién le dan los contratos. Y quiere saber si los funcionarios que se dicen honrados tienen algo más que una declaración de principios.
Qué incómoda costumbre tiene la ciudadanía.
El problema es que, durante años, las declaraciones patrimoniales fueron uno de los grandes pendientes de la transparencia local. Algunas instituciones llegaron a justificar su falta de publicación con argumentos técnicos: que faltaban formatos, lineamientos, sistemas o condiciones para hacer públicas las versiones correspondientes.
Ahora resulta que el Gobierno del Estado ya contaba con DeclaraNet y que incluso la legislación establece el carácter público de las declaraciones, salvo los datos estrictamente protegidos.
Entonces, nuevamente: ¿qué pasó? ¿No había sistema? ¿No había obligación?
¿No había formatos? ¿O simplemente no había demasiadas ganas de que los ciudadanos vieran lo que los funcionarios declaraban tener?
La diferencia es importante. Porque una cosa es tener un problema técnico y otra utilizar el problema técnico como cortina.
Y hablando de cortinas, convendría abrir también las que cubren los contratos, las adjudicaciones directas y los proveedores.
No es casualidad que esas áreas estén entre las más consultadas. Cuando un ciudadano busca un contrato, normalmente no lo hace por afición literaria. Quiere saber quién ganó, cuánto cobró, cómo fue contratado, quién autorizó el procedimiento y, sobre todo, si el contrato original terminó siendo multiplicado mediante ampliaciones, convenios modificatorios y pagos adicionales.
Ahí es donde la transparencia suele adquirir una curiosa elasticidad.
El contrato aparece. Pero no el expediente completo. Se publica la adjudicación. Pero no toda la justificación. Está el proveedor. Pero no resulta fácil conocer todos sus contratos.
Hay información. Sólo que está repartida en tantas oficinas, formatos, ligas rotas y documentos que encontrarla puede convertirse en una especie de rally burocrático patrocinado por el gobierno.
Después está la palabra mágica: “reservado”.
Porque cuando la información se vuelve particularmente incómoda, aparece la seguridad pública, la investigación en curso, el secreto comercial, los datos personales o cualquier otra causal prevista por la ley. Algunas son perfectamente legítimas. Nadie propone publicar estrategias contra el crimen ni expedientes personales completos.
Pero entre proteger una investigación y esconder un contrato hay una diferencia. Y entre proteger datos personales y tachar media página también.
Por eso el verdadero examen para Gabriela Monge y para el Gobierno de Marina del Pilar no será anunciar que ahora sí habrá transparencia. Los anuncios son baratos y, afortunadamente para el presupuesto público, todavía no requieren licitación.
El examen será publicar. Publicar las declaraciones patrimoniales de los altos funcionarios en versiones realmente consultables. Publicar contratos completos. Publicar las razones de las adjudicaciones directas. Publicar a los proveedores recurrentes. Publicar los convenios modificatorios.
Y explicar qué información permanece reservada, por qué y hasta cuándo.
Porque Baja California no necesita otra ceremonia para inaugurar la transparencia. Necesita una costumbre.
La ciudadanía ya dijo claramente qué quiere saber. Quiere seguir el dinero y quiere saber quién administra el poder.
La pelota, por primera vez con tanto reflector encima, está del lado del gobierno.
Ahora veremos si Gabriela Monge abrió una puerta.
O simplemente levantó otra cortina.
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