Columna
Algo cada día: El paraíso de las estadísticas
COLUMNA INVITADA/Por Fernando Ruiz del Castillo
Si el segundo informe presidencial fue una fotografía cuidadosamente iluminada de México, la versión bajacaliforniana parece el mismo retrato, pero con filtro de Instagram.
Aquí todo luce extraordinariamente bien.
Hospitales. Carreteras. Agua. Energía. Vivienda. Educación. Bienestar. Tecnificación. Programas sociales. Y, por supuesto, porcentajes. Muchos porcentajes.
El problema es que un porcentaje puede decir mucho o absolutamente nada, dependiendo de qué se esté midiendo. La gráfica difundida para Baja California mezcla obras terminadas, obras en proceso, proyectos, licitaciones, metas futuras y programas sociales.
Todo junto. Todo bonito. Todo verde. Y todo presentado como “resultados”.
Ahí empieza el problema. Porque una obra inaugurada es un resultado. Una obra al 62 por ciento es un avance. Una obra al 27 por ciento es una obra a medio camino. Una obra al 7.8 por ciento apenas comienza. Y una meta con 1 por ciento de avance debería provocar preguntas, no aplausos.
El caso de la vivienda es particularmente ilustrativo. La gráfica presume 80 mil 800 viviendas de CONAVI, INFONAVIT y FOVISSSTE “en proceso”, pero reporta apenas 1 por ciento de avance.
Hagamos algo que a veces parece prohibido en la propaganda gubernamental: multipliquemos. Uno por ciento de 80 mil 800 son aproximadamente 808 viviendas.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿Dónde están las otras 79 mil 992?
No es una pregunta contra la presidenta. Tampoco contra Marina del Pilar. Es una pregunta contra la estadística. Porque una meta de 80 mil viviendas puede ser extraordinaria. Pero si el avance real es de 1 por ciento, todavía estamos hablando fundamentalmente de una promesa.
Y el problema de vivienda de Baja California no es precisamente pequeño.
Por eso el número debe contrastarse con el déficit, con los terrenos disponibles, con infraestructura, servicios, créditos, contratos y viviendas físicamente terminadas. No con una diapositiva.
La propia plataforma del Programa Vivienda para el Bienestar reporta avances nacionales utilizando categorías que incluyen viviendas formalizadas para construcción; es decir, formalizar no necesariamente significa entregar una vivienda terminada a una familia.
Ahí está el detalle.
En política, “en proceso” es una expresión extraordinariamente cómoda. Cabe casi todo.
También aparece la tecnificación del Distrito de Riego. 12 mil 500 hectáreas. Avance: 16 por ciento.
Otra vez: ¿16 por ciento de qué? ¿Del proyecto anual? ¿Del presupuesto? ¿Del total del Distrito? ¿De la meta sexenal? Porque sin conocer el denominador, el porcentaje es casi decoración.
Y llegamos a los hospitales. Aquí la situación resulta todavía más interesante. La gráfica presenta el Hospital Regional de Ensenada con 62 por ciento de avance. Excelente.
Pero el dato necesita fecha de corte y metodología. Porque los avances publicados previamente habían manejado porcentajes muy diferentes.
Entonces el ciudadano tiene derecho a saber: ¿Qué cambió? ¿La obra avanzó aceleradamente? ¿Se modificó el universo de medición? ¿Se está contabilizando otra etapa?
¿O simplemente estamos comparando cifras que no son equivalentes? No basta con poner “62%”. Hay que explicar qué significa ese 62 por ciento.
En San Quintín aparece otro porcentaje: 27 por ciento. Y ahí la pregunta es todavía más delicada porque estamos hablando de una región donde las necesidades de salud, agua, vivienda, servicios y condiciones laborales siguen siendo enormes.
La propaganda puede decir “avance”. El ciudadano pregunta: ¿Cuándo estará funcionando? Ésa es la diferencia. La burocracia mide avances. La gente necesita resultados.
Y luego está la desaladora de Rosarito. La gráfica dice “por iniciar”. Pero el proyecto ya fue adjudicado en agosto después de dos procesos licitatorios fallidos. Es decir, hasta la propaganda llega tarde. Y esto es importante porque la desaladora no nació ayer.
Es un proyecto que lleva años de anuncios, cambios, cancelaciones y nuevos procedimientos.
Entonces presentarla simplemente como “obra por iniciar” borra convenientemente toda la historia anterior.
En Baja California hay obras federales que sí deben reconocerse.
El Viaducto Elevado de Tijuana está terminado. A un costo mucho mayor del presupuestado, pero la obra está terminada y funcionando.
La Central de Ciclo Combinado González Ortega es una realidad, con todo y los apagones de la CFE.
La Universidad Rosario Castellanos ya opera en Tijuana.
Hay inversiones reales. Hay infraestructura real. Y hay programas sociales que llegan a miles de personas. Negarlo sería tan absurdo como creerle todo al discurso oficial.
Pero precisamente porque hay resultados reales, no necesitan adornarse con resultados inflados.
Y aquí entra Marina del Pilar. La gobernadora y los funcionarios de su administración han convertido la coordinación con Claudia Sheinbaum en uno de los ejes centrales de su narrativa política. No es casualidad.
La página oficial del Gobierno de Baja California presenta su propio balance en términos de grandes cifras de beneficiarios y acciones, desde desayunos escolares hasta uniformes, Tarjeta Violeta y rutas de transporte. Y está bien.
Pero hay que tener cuidado con algo: beneficiarios no son necesariamente resultados. Entregar una beca es una acción. Que un joven termine una carrera y consiga empleo es un resultado. Entregar un apoyo para vivienda es una acción. Que una familia tenga una vivienda digna, segura y con servicios es un resultado. Iniciar un hospital es una acción. Que el paciente pueda recibir atención médica ahí es un resultado. Anunciar una desaladora es una acción política. Que salga agua de ella es un resultado. Parece una diferencia pequeña. No lo es.
Es la diferencia entre gobernar y comunicar que se gobierna. Por eso esta gráfica merece ser revisada con lupa. No para negar los avances. Sino para impedir que el ciudadano termine confundiendo metas con resultados, proyectos con obras y porcentajes con soluciones.
Porque Baja California no necesita más propaganda. Necesita agua. Vivienda. Hospitales funcionando. Seguridad. Infraestructura. Empleo bien pagado. Y servicios públicos que funcionen.
Y sobre todo necesita algo que parece haberse vuelto políticamente incómodo: que los gobiernos rindan cuentas también cuando las cosas no salen bien. Porque decir que una obra tiene 1 por ciento de avance no es malo. Lo malo sería intentar convencer al ciudadano de que ese 1 por ciento ya es un triunfo histórico.
Y ahí está el verdadero riesgo de esta nueva política de comunicación: que terminemos viviendo en una Baja California estadísticamente maravillosa y físicamente bastante más complicada.
Un estado donde las gráficas avanzan más rápido que las obras. Donde los porcentajes crecen antes que los hospitales. Donde las metas se inauguran antes que las casas.
Y donde, al parecer, hasta el 1 por ciento puede convertirse en motivo de celebración.
Eso sí sería transformación. Transformación… de las cifras.
La unidad de la nómina
Hay una unidad en Morena que nadie puede negar, discutir ni someter a encuesta: “la unidad de la nómina”.
Esa, quizá, sea la única unidad de la que puede presumir el partido y el gobierno de Claudia Sheinbaum. Porque fuera de ahí, lo demás parece sostenerse con alfileres, discursos, propaganda y esa insistente narrativa de una transformación que cada día necesita más explicaciones para ocultar sus propias contradicciones.
La llamada Cuarta Transformación prometió acabar con los viejos vicios de la política. Combatir la corrupción. Desterrar la impunidad. Terminar con el nepotismo. Respetar las instituciones. Defender la democracia. Garantizar elecciones limpias. Proteger la libertad de expresión.
Bonito discurso.
El problema es que entre lo que prometieron y lo que hacen hay un abismo. La democracia electoral, que antes defendían con uñas y dientes, ahora parece estorbar cuando los resultados no son los que esperan. Las campañas adelantadas dejaron de ser una anomalía para convertirse en una costumbre. La corrupción, que supuestamente sería desterrada, simplemente cambió de domicilio. La impunidad sigue gozando de cabal salud. El nepotismo dejó de ser pecado cuando los apellidos correctos comenzaron a aparecer en las nóminas correctas.
Y la libertad de expresión… bueno, esa sigue siendo muy respetada, siempre y cuando nadie se atreva a utilizarla para incomodar al poder.
Pero hay algo que sí mantiene unido al movimiento: el dinero de los programas sociales. Ahí está la verdadera argamasa de la llamada unidad morenista.
Miles de millones de pesos se dispersan cada año entre millones de beneficiarios. Y nadie en Morena parece dispuesto a tocar ese mecanismo, por una razón bastante sencilla: los votos también comen.
Por eso pueden recortar instituciones, desaparecer organismos, apretar presupuestos, castigar a universidades, adelgazar contrapesos y mandar al diablo cualquier vestigio incómodo del viejo sistema. Pero tocar los programas sociales es otra cosa.
Ahí sí aparecen todos juntos.
Porque una cosa es combatir la corrupción y otra muy distinta investigar a los corruptos propios. Una cosa es hablar de austeridad y otra renunciar a los privilegios. Una cosa es presumir honestidad y otra meter a la cárcel a los integrantes de esa nueva casta política que, en demasiados casos, aprendió rápidamente las mañas de aquello que juró combatir.
Así que no nos engañemos.
La gran unidad de Morena no necesariamente está en las ideas, los principios o el proyecto de nación.
Está en la nómina.
Y mientras haya dinero público suficiente para repartir, habrá discursos suficientes para justificarlo, militantes suficientes para defenderlo y electores suficientes para agradecerlo.
La transformación, pues, podrá tener muchas definiciones.
Pero hasta ahora, la más contundente parece ser esta: unos cobran, otros reciben y todos votan. Lo demás es retórica.
El olor del dinero
Dicen que hay cosas que no se pueden ocultar. Lo corrupto, por ejemplo. Y la guayaba. Ambas terminan despidiendo el mismo problema: huelen. Y si se pudren, apestan.
Y en Baja California ya sería hora de que la pomposamente llamada Secretaría de la Honestidad y Buen Gobierno se quite la venda de los ojos, deje de perseguir mosquitos y se decida a seguir algo mucho más grande: el olor del dinero.
Porque resulta que en el gobierno de Marina del Pilar Ávila hay funcionarios que llegaron prácticamente de “perico perro” y que, después de algunos años en la administración pública, parecen haber descubierto una fórmula secreta para multiplicar el patrimonio.
No hablamos solamente de secretarios.
También hay subsecretarios, directores generales, directores administrativos, jefes y jefas de compras y funcionarios de organismos paraestatales.
Algunos llegaron con un patrimonio modesto. Ahora presumen camionetotas machuchonas.
Casas. Dos casas. En algunos casos, hasta tres.
Fraccionamientos donde la entrada cuesta más que lo que muchos trabajadores ganan en varios años. Y, por si fuera poco, negocios.
¡Qué maravilla! La Cuarta Transformación sí transformó algo. El patrimonio de algunos funcionarios.
Mientras millones de mexicanos siguen esperando que la prosperidad prometida les toque la puerta, a algunos servidores públicos parece que les llegó por paquetería exprés.
Y aquí aparece la contradicción.
La misma Morena que durante años convirtió la corrupción de gobiernos anteriores en bandera electoral hoy gobierna Baja California. La misma Morena que prometió acabar con los privilegios. La misma Morena que habló de austeridad. La misma Morena que juró que nadie se enriquecería desde el poder.
Y resulta que ahora tenemos funcionarios que, por lo que exhiben públicamente, viven bastante mejor de lo que sus salarios permitirían suponer. ¿Casualidad? Puede ser.
¿Herencias? También. ¿Ahorros de toda una vida? Quién sabe.
Por eso existen las declaraciones patrimoniales. Para que las dudas se conviertan en documentos. Y aquí la Secretaría de la Honestidad tiene una oportunidad extraordinaria para demostrar que no es solamente un membrete burocrático.
Que compare. Declaración patrimonial contra patrimonio visible. Sueldo contra camioneta.
Ingresos contra propiedades. Antigüedad laboral contra negocios. Y si las cuentas cuadran, asunto terminado. Pero si no cuadran… que expliquen.
Porque tampoco se necesita descubrir el hilo negro. Basta con preguntar. Preguntar a los empleados que llegaron al gobierno al mismo tiempo. A quienes siguen teniendo el mismo sueldo. A quienes decidieron no participar en los famosos “negocitos”.
A quienes vieron cómo algunos compañeros fueron cambiando de automóvil, de casa, de pareja y hasta de círculo social mientras ellos seguían esperando el aumento salarial. Esos empleados saben. Y muchas veces saben demasiado.
Lo interesante es que Morena llegó al poder diciendo que los gobiernos anteriores estaban podridos. Ahora tendría que demostrar que la fruta no se pudre cuando cambia de etiqueta.
Porque una cosa es hablar de honestidad. Otra es practicarla.
Y una tercera, muchísimo más difícil: investigar a los propios. Ahí está la verdadera prueba para Marina del Pilar. No en los discursos. No en los espectaculares. No en las fotografías oficiales. Ni en los boletines donde todo funciona maravillosamente bien.
La prueba está en revisar cómo llegaron algunos funcionarios y cómo están viviendo ahora.
Porque si alguien pasó de no tener gran cosa a poseer casas, camionetas y negocios, hay una pregunta elemental que cualquier gobierno medianamente serio debería hacer:
¿De dónde salió el dinero? Y si todo tiene explicación, magnífico. Que la presenten.
Pero si no la tiene… Entonces habrá que preguntarle a la Secretaría de la Honestidad qué parte de la palabra “honestidad” no ha entendido.
Porque perseguir la corrupción de los adversarios es fácil. Lo verdaderamente difícil es abrir la puerta de la propia casa. Y revisar debajo de la alfombra. Porque quizá ahí esté la explicación de por qué algunos funcionarios llegaron caminando…y hoy ya no caben en la camionetota.
Y cuidado.
Porque cuando el olor del dinero empieza a salir por las ventanas, ya no basta con cerrar las puertas. Hay que explicar quién cocinó el guiso.
Si no pueden o no saben, con gusto organismos sociales y el periodismo independente les puede ayudar. Sólo déjense ayudar.
Columna
Matices: Abusivos
En el asunto de la licitación millonaria para los uniformes de bomberos, nos comentan que la empresa ganadora del fallo fue promovida por Ignacio Lozoya, a quien premiaron enviándolo a Protección Civil. La última vez que se licitaron uniformes de combate el costo fue de 28 millones de pesos, y aunque dicen que esta vez se incluyen además uniformes ligeros, ese gasto representa cerca de 6 millones de pesos así que no se justifica que el presupuesto se amplíe casi al doble. De ese tamaño es el negocio en el Ayuntamiento de Mexicali, y de ese nivel el interés para mandar a los voceros oficiales a defender lo indefendible.

Hace ya varios días que le enviamos la pregunta a la enlace de comunicación de la Secretaría de Salud, de por qué ganaba tanto el doctor Adrián Medina Amarillas como publicó el semanario Zeta, más de 200 mil pesos al mes. Dijeron que le correspondía a Comunicación Social, a quien también cuestionamos y nunca recibimos respuesta. Así la transparencia en el Gobierno de Marina del Pilar.
Si la explicación va en el sentido de que tenían que ofrecer un “incentivo” al doctor para que aceptara el cargo porque en su trabajo ganaba más, ¿por qué le interesa buscar un cargo de elección popular? Además, con eso de que ya todo es del IMSS Bienestar, la secretaría de Salud estatal está más de adorno. Si le interesara el sistema de salud hubiera peleado porque el control se quedara en el estado y no en la federación, y ya se les acabó el pretexto de la transición, la federalización no funciona y está más que comprobado.

En otro tema, el antes morenista y ahora petista José Guadalupe Montoya Jiménez y Sandra Luz Acosta Landa, fueron a llorar al partido para que les ayuden a tener casa. Nada más que olvidaron decir que están invadiendo tres propiedades en Villa Mediterránea que buscan prescribir. Incluso a Montoya Jiménez le aparece una propiedad en la colonia Maestros Federales, donde tenía dos lotes y le donó uno a su hijo, así que muy necesitado no está.
Columna
Matices: El des-control de daños
Este jueves fue de mañanera en la capital bajacaliforniana. Como siempre, tratan de controlar la narrativa y contener las posibles preguntas que metan en aprietos a la administración estatal. Además de “sugerir” preguntas al inicio de los cuestionamientos, también en plena conferencia le mandan mensaje a algunos medios para preguntar si quieren preguntar, cuando en el formato de registro dice “¿desea hacer una pregunta?”, pero claro, ellos quieren controlar quién toma la palabra.
Lo hemos dicho antes y lo volvemos a decir: las mañaneras son pura simulación; es un “ejercicio democrático” donde se acuerdan preguntas, se evade a ciertos medios, se llama a tres personas diferentes a contestar ampliamente una pregunta para acabarse el tiempo y su buscan aliados que le entren al juego. La única razón para tenerle miedo a los cuestionamientos que se puedan hacer ahí es no poder ofrecer respuestas satisfactorias.
En la mañanera de hoy, además de pasar todo lo anterior, la prensa criticó duramente la actuación del gobierno estatal ante la falta de energía eléctrica que afectó amplias zonas durante las trombas del viernes y el domingo.
Marina del Pilar empezó recordando la visita de la presidenta, la inversión anunciada, que ya tenemos suficiencia energética (lo cual es falso), queriendo mostrar a todos el mundo de fantasía en el que vive. No importa cuántos postes se reemplacen, cuántas plantas se inauguren, la cantidad de torres de energía de Tijuana a Mexicali ni los millones de pesos que anuncien de inversión, porque mientras se sigan cayendo postes cada que hace viento y tarden tres días en las reparaciones, todo lo demás son discursos.
Se le reclamó a la gober la falta atención a la gente que quedó sin energía, sin ofrecerles albergue e insumos, lo que la sorprendió y anunció regaños a sus colaboradores por no hacer el trabajo que les corresponde.
Por cierto, que su “flamante” coordinador de gabinete no fue presentado ni en la mañanera de Tijuana ni en la de Mexicali. Al menos tiene la vergüenza de no exhibir a Ariel Lizárraga. Su fiel escudero, Néstor Cruz, al parecer tiene el don de la ubicuidad, pues mientras sigue siendo el coordinador de comunicación de Morena, también tiene oficina en el tercer piso del Poder Ejecutivo.
Con el regreso de este par a su antiguo feudo, al personal de Comunicación Social se le borró la sonrisa, pues Ariel retomará el control que tenía con mayor poder. Por lo que respecta a la apertura en las mañaneras y eventos públicos a donde la prensa no es invitada, no ha habido ninguna diferencia.

Pasando a otro tema, en la madrugada del 30 de agosto, pasaban de las 4 de la mañana cuando en José Sánchez Islas y Francisco L. Montejano, frente al bar El Copeo, atropellaron a un hombre de entre 30 y 35 años.
De acuerdo con reporte policiaco, deducen que el vehículo involucrado circulaba con dirección de norte a sur por L. Montejano y al llegar a la altura del Copeo, se encontraban unas personas peleando, cuando uno de ellos invadió el carril de circulación, interponiéndose en la trayectoria de la unidad, de la que se desconocen características, dándose a la fuga.
Eso quiere decir que el bar propiedad de los socios de Luis Alfonso Torres Torres está gozando de horas extras, que esperamos -y le pedimos a Rodrigo Llantada nos facilite las pruebas- esté pagando puntualmente al Ayuntamiento de Mexicali. Esta desconfianza es porque RadarBC ya publicó hace tiempo que a El Copeo en Mexicali se le cobraron pocas horas extras que sí utilizaba cada fin se semana, pero en ese entonces el responsable de la omisión era el entonces secretario del ayuntamiento de la capital, Daniel Valenzuela.

Pasando a otra cosa, se acabó el amor entre Armando Samaniego y Norma Bustamante, pues el diputado federal se le fue a la yugular con el tema del millonario presupuesto que se ha llevado la adecuación y renta del Cine Lux.
Hoy en conferencia de prensa, calificó el tema como una de las verguenzas de Mexicali e invitó amablemente a las autoridades municipales a informar detalladamente en qué se ha gastado cada peso, lo cual prometió la alcaldesa informar desde poco antes de semana santa, sin que hasta la fecha haya cumplido su palabra.
Hasta dijo que la oficial mayor, Claudia Beltrán, demostraría que la empresa ha regresado dinero y que lograron bajar la renta. Aquella renta que ella había dicho sería de 50 mil pesos al mes (le faltó un cero) y que quedó en 519 mil al mes.
Claudia quedó peleada con Marina del Pilar por este tema, por ensartales el contrato en beneficio de su amigo Panchito Pérez Tejada, y ahora Samaniego aprovechará el tema del Cine Lux para golpear a su posible oponente a la alcaldía, la Oficial Mayor.

Finalmente, qué traerá la líder estatal del PAN, Lizbeth Mata, que anunció esta semana que se registraron cinco contendientes a la gubernatura, y entre ellos mencionó al empresario Mario García Franco, pero este negó a sus amigos que hubiera hecho tal cosa. O Liz está metiendo ruido innecesario a la elección o de plano no sabe ni quién se registró.
Lamentable también que estén midiendo en encuesta telefónica a la hija de Ruffo; se hizo mediática hace 15 minutos por el asunto de la encarcelación de su padre y el partido ya le está viendo cara de candidata. Así de desesperados están los blanquiazules por la falta de figuras con buena reputación.
También no hay que dejar de mencionar que en la encuesta telefónica para medir candidatos fuertes a la alcaldía de Mexicali, no están considerando ni a Modesto Ortega ni a Margarita de Sánchez. Si prometieron una contiena interna honesta, pareja y transparente, pues tienen que ofrecer piso parejo a todos, les guste o no, porque al abrir el proceso a los ciudadanos, se espera que tengan el más claro sistema de medición para que haya pocas dudas y mucha unidad.
Columna
Las audiencias y el debate sobre veracidad de noticias y opiniones
COLUMNA INVITADA/ Por Guillermo Rivera Millán
Detrás del ruido sobre censura que generó la publicación de los Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias hay una pregunta más precisa que el debate apenas rozó: ¿qué significa exigir veracidad a una noticia sin exigir lo mismo a una opinión? El artículo 12 obliga a preservar pluralidad y veracidad; el artículo 18 pide “elementos mínimos” para sostener que una noticia era veraz al difundirse. Ninguno define qué cuenta como elemento mínimo, ni distingue con claridad dónde termina el hecho verificable y dónde empieza el juicio de valor protegido sin ese estándar.
Esa imprecisión no es un detalle menor. La Corte Interamericana y la Primera Sala coinciden en que no puede exigirse a un periodista demostrar la verdad absoluta de lo publicado, sino diligencia razonable para verificarlo antes de hacerlo público. Las opiniones, por su naturaleza, no se someten a ese escrutinio salvo que aparenten fundarse en hechos que el propio emisor introduce sin sustento. Los Lineamientos no incorporan expresamente esa distinción tripartita —opinión pura, información de hecho, opinión con base fáctica— que ya es un estándar consolidado. Dejarla fuera del texto no la elimina; traslada su definición a la práctica administrativa de la Comisión, con el riesgo de que cada caso se resuelva sin criterios previsibles.
A esto se suma un elemento que vuelve más compleja la discusión: en materia de libertad de expresión, la afectación no surge solo cuando la autoridad sanciona. La sola existencia de un estándar ambiguo produce un efecto inhibidor: redacciones que ajustan contenidos, moderan afirmaciones o evitan opiniones con base fáctica por temor a que la Comisión considere insuficientes los “elementos mínimos”. Esa autocensura inmediata abre la puerta a convertir al artículo 18 en una norma autoaplicativa desde su entrada en vigor, lo que abre la puerta a su impugnación en abstracto sin esperar la primera multa.
Hay además un reverso que el debate ha ignorado: la veracidad también es condición del derecho de réplica reconocido en el artículo 6º constitucional. Sin un estándar claro, el ciudadano no puede defenderse frente a información falsa que le cause un agravio. El problema de los Lineamientos no es exigir veracidad, sino hacerlo sin definirla: la incertidumbre desnaturaliza simultáneamente la libertad de prensa y la efectividad del derecho de réplica, dejando a periodistas y audiencias sin parámetros previsibles.
¿Procede impugnar este vacío? La respuesta depende menos de un tecnicismo procesal y más de qué tan concreta sea la afectación acreditable. Un concesionario con interés jurídico directo puede cuestionar desde ahora obligaciones ya exigibles, como contar con código de ética y criterios editoriales definidos. La aplicación del estándar de veracidad, en cambio, suele ser más difícil de combatir en abstracto, aunque el efecto inhibidor fortalece la argumentación de autoaplicatividad. Hay, además, un segundo frente: exigir a la propia Comisión que incorpore el estándar de diligencia razonable en su práctica de supervisión antes de que un caso concreto obligue a un tribunal a hacerlo por ella.
Conviene ser explícito sobre las imprecisiones detectadas. El texto no aclara si “elementos mínimos” equivale al estándar interamericano de diligencia razonable o a algo más cercano a la certeza. Tampoco distingue con nitidez los tres escenarios que la Primera Sala ha desarrollado para expresiones de interés público. Y la facultad de supervisión del artículo 52, redactada en términos abiertos, no acota quién verificará la diligencia ni bajo qué procedimiento, dejando un margen de apreciación mayor al deseable cuando el objeto supervisado es discurso público.
Hay una tensión de fondo: proteger a las audiencias exige que alguien defina, en el margen, qué es suficientemente veraz. Ese alguien puede ser el propio medio, un defensor independiente, un tribunal o una comisión administrativa. Organizaciones como ARTICLE 19 han insistido en que esa definición no debería recaer en una autoridad dependiente del Ejecutivo; la CIRT ha planteado, desde otra posición, la misma preocupación.
Una salida regulatoria viable consiste en trasladar la definición de los “elementos mínimos de veracidad” a los propios Códigos de Ética de los concesionarios. Estos instrumentos sí son obligatorios, generan obligaciones inmediatas y pueden impugnarse. Incorporar ahí el estándar de diligencia razonable y la distinción tripartita permitiría que la predictibilidad dependa de pautas profesionales y no del arbitrio político del regulador. Esa cláusula de conciencia editorial cerraría el vacío normativo sin esperar una reforma legislativa o una impugnación de quien se considere afectado.
- Director General De la Peña y Rivera S.C. y Fundador de Justicia que Transforma México A.C.
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