Columna
Algo cada día: El paraíso de las estadísticas
COLUMNA INVITADA/Por Fernando Ruiz del Castillo
Si el segundo informe presidencial fue una fotografía cuidadosamente iluminada de México, la versión bajacaliforniana parece el mismo retrato, pero con filtro de Instagram.
Aquí todo luce extraordinariamente bien.
Hospitales. Carreteras. Agua. Energía. Vivienda. Educación. Bienestar. Tecnificación. Programas sociales. Y, por supuesto, porcentajes. Muchos porcentajes.
El problema es que un porcentaje puede decir mucho o absolutamente nada, dependiendo de qué se esté midiendo. La gráfica difundida para Baja California mezcla obras terminadas, obras en proceso, proyectos, licitaciones, metas futuras y programas sociales.
Todo junto. Todo bonito. Todo verde. Y todo presentado como “resultados”.
Ahí empieza el problema. Porque una obra inaugurada es un resultado. Una obra al 62 por ciento es un avance. Una obra al 27 por ciento es una obra a medio camino. Una obra al 7.8 por ciento apenas comienza. Y una meta con 1 por ciento de avance debería provocar preguntas, no aplausos.
El caso de la vivienda es particularmente ilustrativo. La gráfica presume 80 mil 800 viviendas de CONAVI, INFONAVIT y FOVISSSTE “en proceso”, pero reporta apenas 1 por ciento de avance.
Hagamos algo que a veces parece prohibido en la propaganda gubernamental: multipliquemos. Uno por ciento de 80 mil 800 son aproximadamente 808 viviendas.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿Dónde están las otras 79 mil 992?
No es una pregunta contra la presidenta. Tampoco contra Marina del Pilar. Es una pregunta contra la estadística. Porque una meta de 80 mil viviendas puede ser extraordinaria. Pero si el avance real es de 1 por ciento, todavía estamos hablando fundamentalmente de una promesa.
Y el problema de vivienda de Baja California no es precisamente pequeño.
Por eso el número debe contrastarse con el déficit, con los terrenos disponibles, con infraestructura, servicios, créditos, contratos y viviendas físicamente terminadas. No con una diapositiva.
La propia plataforma del Programa Vivienda para el Bienestar reporta avances nacionales utilizando categorías que incluyen viviendas formalizadas para construcción; es decir, formalizar no necesariamente significa entregar una vivienda terminada a una familia.
Ahí está el detalle.
En política, “en proceso” es una expresión extraordinariamente cómoda. Cabe casi todo.
También aparece la tecnificación del Distrito de Riego. 12 mil 500 hectáreas. Avance: 16 por ciento.
Otra vez: ¿16 por ciento de qué? ¿Del proyecto anual? ¿Del presupuesto? ¿Del total del Distrito? ¿De la meta sexenal? Porque sin conocer el denominador, el porcentaje es casi decoración.
Y llegamos a los hospitales. Aquí la situación resulta todavía más interesante. La gráfica presenta el Hospital Regional de Ensenada con 62 por ciento de avance. Excelente.
Pero el dato necesita fecha de corte y metodología. Porque los avances publicados previamente habían manejado porcentajes muy diferentes.
Entonces el ciudadano tiene derecho a saber: ¿Qué cambió? ¿La obra avanzó aceleradamente? ¿Se modificó el universo de medición? ¿Se está contabilizando otra etapa?
¿O simplemente estamos comparando cifras que no son equivalentes? No basta con poner “62%”. Hay que explicar qué significa ese 62 por ciento.
En San Quintín aparece otro porcentaje: 27 por ciento. Y ahí la pregunta es todavía más delicada porque estamos hablando de una región donde las necesidades de salud, agua, vivienda, servicios y condiciones laborales siguen siendo enormes.
La propaganda puede decir “avance”. El ciudadano pregunta: ¿Cuándo estará funcionando? Ésa es la diferencia. La burocracia mide avances. La gente necesita resultados.
Y luego está la desaladora de Rosarito. La gráfica dice “por iniciar”. Pero el proyecto ya fue adjudicado en agosto después de dos procesos licitatorios fallidos. Es decir, hasta la propaganda llega tarde. Y esto es importante porque la desaladora no nació ayer.
Es un proyecto que lleva años de anuncios, cambios, cancelaciones y nuevos procedimientos.
Entonces presentarla simplemente como “obra por iniciar” borra convenientemente toda la historia anterior.
En Baja California hay obras federales que sí deben reconocerse.
El Viaducto Elevado de Tijuana está terminado. A un costo mucho mayor del presupuestado, pero la obra está terminada y funcionando.
La Central de Ciclo Combinado González Ortega es una realidad, con todo y los apagones de la CFE.
La Universidad Rosario Castellanos ya opera en Tijuana.
Hay inversiones reales. Hay infraestructura real. Y hay programas sociales que llegan a miles de personas. Negarlo sería tan absurdo como creerle todo al discurso oficial.
Pero precisamente porque hay resultados reales, no necesitan adornarse con resultados inflados.
Y aquí entra Marina del Pilar. La gobernadora y los funcionarios de su administración han convertido la coordinación con Claudia Sheinbaum en uno de los ejes centrales de su narrativa política. No es casualidad.
La página oficial del Gobierno de Baja California presenta su propio balance en términos de grandes cifras de beneficiarios y acciones, desde desayunos escolares hasta uniformes, Tarjeta Violeta y rutas de transporte. Y está bien.
Pero hay que tener cuidado con algo: beneficiarios no son necesariamente resultados. Entregar una beca es una acción. Que un joven termine una carrera y consiga empleo es un resultado. Entregar un apoyo para vivienda es una acción. Que una familia tenga una vivienda digna, segura y con servicios es un resultado. Iniciar un hospital es una acción. Que el paciente pueda recibir atención médica ahí es un resultado. Anunciar una desaladora es una acción política. Que salga agua de ella es un resultado. Parece una diferencia pequeña. No lo es.
Es la diferencia entre gobernar y comunicar que se gobierna. Por eso esta gráfica merece ser revisada con lupa. No para negar los avances. Sino para impedir que el ciudadano termine confundiendo metas con resultados, proyectos con obras y porcentajes con soluciones.
Porque Baja California no necesita más propaganda. Necesita agua. Vivienda. Hospitales funcionando. Seguridad. Infraestructura. Empleo bien pagado. Y servicios públicos que funcionen.
Y sobre todo necesita algo que parece haberse vuelto políticamente incómodo: que los gobiernos rindan cuentas también cuando las cosas no salen bien. Porque decir que una obra tiene 1 por ciento de avance no es malo. Lo malo sería intentar convencer al ciudadano de que ese 1 por ciento ya es un triunfo histórico.
Y ahí está el verdadero riesgo de esta nueva política de comunicación: que terminemos viviendo en una Baja California estadísticamente maravillosa y físicamente bastante más complicada.
Un estado donde las gráficas avanzan más rápido que las obras. Donde los porcentajes crecen antes que los hospitales. Donde las metas se inauguran antes que las casas.
Y donde, al parecer, hasta el 1 por ciento puede convertirse en motivo de celebración.
Eso sí sería transformación. Transformación… de las cifras.
La unidad de la nómina
Hay una unidad en Morena que nadie puede negar, discutir ni someter a encuesta: “la unidad de la nómina”.
Esa, quizá, sea la única unidad de la que puede presumir el partido y el gobierno de Claudia Sheinbaum. Porque fuera de ahí, lo demás parece sostenerse con alfileres, discursos, propaganda y esa insistente narrativa de una transformación que cada día necesita más explicaciones para ocultar sus propias contradicciones.
La llamada Cuarta Transformación prometió acabar con los viejos vicios de la política. Combatir la corrupción. Desterrar la impunidad. Terminar con el nepotismo. Respetar las instituciones. Defender la democracia. Garantizar elecciones limpias. Proteger la libertad de expresión.
Bonito discurso.
El problema es que entre lo que prometieron y lo que hacen hay un abismo. La democracia electoral, que antes defendían con uñas y dientes, ahora parece estorbar cuando los resultados no son los que esperan. Las campañas adelantadas dejaron de ser una anomalía para convertirse en una costumbre. La corrupción, que supuestamente sería desterrada, simplemente cambió de domicilio. La impunidad sigue gozando de cabal salud. El nepotismo dejó de ser pecado cuando los apellidos correctos comenzaron a aparecer en las nóminas correctas.
Y la libertad de expresión… bueno, esa sigue siendo muy respetada, siempre y cuando nadie se atreva a utilizarla para incomodar al poder.
Pero hay algo que sí mantiene unido al movimiento: el dinero de los programas sociales. Ahí está la verdadera argamasa de la llamada unidad morenista.
Miles de millones de pesos se dispersan cada año entre millones de beneficiarios. Y nadie en Morena parece dispuesto a tocar ese mecanismo, por una razón bastante sencilla: los votos también comen.
Por eso pueden recortar instituciones, desaparecer organismos, apretar presupuestos, castigar a universidades, adelgazar contrapesos y mandar al diablo cualquier vestigio incómodo del viejo sistema. Pero tocar los programas sociales es otra cosa.
Ahí sí aparecen todos juntos.
Porque una cosa es combatir la corrupción y otra muy distinta investigar a los corruptos propios. Una cosa es hablar de austeridad y otra renunciar a los privilegios. Una cosa es presumir honestidad y otra meter a la cárcel a los integrantes de esa nueva casta política que, en demasiados casos, aprendió rápidamente las mañas de aquello que juró combatir.
Así que no nos engañemos.
La gran unidad de Morena no necesariamente está en las ideas, los principios o el proyecto de nación.
Está en la nómina.
Y mientras haya dinero público suficiente para repartir, habrá discursos suficientes para justificarlo, militantes suficientes para defenderlo y electores suficientes para agradecerlo.
La transformación, pues, podrá tener muchas definiciones.
Pero hasta ahora, la más contundente parece ser esta: unos cobran, otros reciben y todos votan. Lo demás es retórica.
El olor del dinero
Dicen que hay cosas que no se pueden ocultar. Lo corrupto, por ejemplo. Y la guayaba. Ambas terminan despidiendo el mismo problema: huelen. Y si se pudren, apestan.
Y en Baja California ya sería hora de que la pomposamente llamada Secretaría de la Honestidad y Buen Gobierno se quite la venda de los ojos, deje de perseguir mosquitos y se decida a seguir algo mucho más grande: el olor del dinero.
Porque resulta que en el gobierno de Marina del Pilar Ávila hay funcionarios que llegaron prácticamente de “perico perro” y que, después de algunos años en la administración pública, parecen haber descubierto una fórmula secreta para multiplicar el patrimonio.
No hablamos solamente de secretarios.
También hay subsecretarios, directores generales, directores administrativos, jefes y jefas de compras y funcionarios de organismos paraestatales.
Algunos llegaron con un patrimonio modesto. Ahora presumen camionetotas machuchonas.
Casas. Dos casas. En algunos casos, hasta tres.
Fraccionamientos donde la entrada cuesta más que lo que muchos trabajadores ganan en varios años. Y, por si fuera poco, negocios.
¡Qué maravilla! La Cuarta Transformación sí transformó algo. El patrimonio de algunos funcionarios.
Mientras millones de mexicanos siguen esperando que la prosperidad prometida les toque la puerta, a algunos servidores públicos parece que les llegó por paquetería exprés.
Y aquí aparece la contradicción.
La misma Morena que durante años convirtió la corrupción de gobiernos anteriores en bandera electoral hoy gobierna Baja California. La misma Morena que prometió acabar con los privilegios. La misma Morena que habló de austeridad. La misma Morena que juró que nadie se enriquecería desde el poder.
Y resulta que ahora tenemos funcionarios que, por lo que exhiben públicamente, viven bastante mejor de lo que sus salarios permitirían suponer. ¿Casualidad? Puede ser.
¿Herencias? También. ¿Ahorros de toda una vida? Quién sabe.
Por eso existen las declaraciones patrimoniales. Para que las dudas se conviertan en documentos. Y aquí la Secretaría de la Honestidad tiene una oportunidad extraordinaria para demostrar que no es solamente un membrete burocrático.
Que compare. Declaración patrimonial contra patrimonio visible. Sueldo contra camioneta.
Ingresos contra propiedades. Antigüedad laboral contra negocios. Y si las cuentas cuadran, asunto terminado. Pero si no cuadran… que expliquen.
Porque tampoco se necesita descubrir el hilo negro. Basta con preguntar. Preguntar a los empleados que llegaron al gobierno al mismo tiempo. A quienes siguen teniendo el mismo sueldo. A quienes decidieron no participar en los famosos “negocitos”.
A quienes vieron cómo algunos compañeros fueron cambiando de automóvil, de casa, de pareja y hasta de círculo social mientras ellos seguían esperando el aumento salarial. Esos empleados saben. Y muchas veces saben demasiado.
Lo interesante es que Morena llegó al poder diciendo que los gobiernos anteriores estaban podridos. Ahora tendría que demostrar que la fruta no se pudre cuando cambia de etiqueta.
Porque una cosa es hablar de honestidad. Otra es practicarla.
Y una tercera, muchísimo más difícil: investigar a los propios. Ahí está la verdadera prueba para Marina del Pilar. No en los discursos. No en los espectaculares. No en las fotografías oficiales. Ni en los boletines donde todo funciona maravillosamente bien.
La prueba está en revisar cómo llegaron algunos funcionarios y cómo están viviendo ahora.
Porque si alguien pasó de no tener gran cosa a poseer casas, camionetas y negocios, hay una pregunta elemental que cualquier gobierno medianamente serio debería hacer:
¿De dónde salió el dinero? Y si todo tiene explicación, magnífico. Que la presenten.
Pero si no la tiene… Entonces habrá que preguntarle a la Secretaría de la Honestidad qué parte de la palabra “honestidad” no ha entendido.
Porque perseguir la corrupción de los adversarios es fácil. Lo verdaderamente difícil es abrir la puerta de la propia casa. Y revisar debajo de la alfombra. Porque quizá ahí esté la explicación de por qué algunos funcionarios llegaron caminando…y hoy ya no caben en la camionetota.
Y cuidado.
Porque cuando el olor del dinero empieza a salir por las ventanas, ya no basta con cerrar las puertas. Hay que explicar quién cocinó el guiso.
Si no pueden o no saben, con gusto organismos sociales y el periodismo independente les puede ayudar. Sólo déjense ayudar.
Columna
Matices: antecedentes de Pancho Molina, ¿encubiertos o ignorados?
Francisco Javier Molina Pérez, regidor, aparece registrado en el sistema penitenciario federal en el expediente 2008/3056. De acuerdo con los datos del sistema de consulta, el 7 de julio de 2008, a las 15:10 horas, se registró su ingreso con la clasificación jurídica de “indicado” y tipo de seguridad mediana. La causa penal corresponde al número 2008/146, derivada de la averiguación previa folio 1683 de 2008 de la Agencia Federal de Investigación.
El asunto se radicó en el Juzgado Primero de Distrito en el Estado de Baja California, con sede en Mexicali, bajo el fuero federal. El delito imputado fue posesión conforme al artículo 195 del Código Penal Federal, en la modalidad de posesión con la finalidad de realizar alguna de las conductas previstas en el artículo 194 del mismo ordenamiento. En el sistema se conservan las fotografías de identificación del indicado, correspondientes a las vistas de frente, lado derecho y lado izquierdo.

El regidor Francisco Javier Molina Pérez obtuvo recientemente dos constancias actualizadas, ambas fechadas el 15 de octubre de 2026. La primera, emitida por la Secretaría de Seguridad Ciudadana del Estado de Baja California mediante el oficio SSC/DAI/CAP/137675-2026, indica que, tras la revisión en el Sistema de Verificación de Antecedentes Penales, no se encuentra antecedente penal por delito de carácter doloso del fuero común relativo a su persona.
Esa secretaría, encargada de emitir las cartas de no antecedentes, solo dijo que “hasta donde se tuvo conocimiento y revisión de los antecedentes penales de la persona señalada, no se encontró nada en el ámbito que le compete a las autoridades estatales, motivo por el que se expidió el acta de no antecedentes penales sin registro alguno”.


¿Se le declaró inocente al final? ¿Le limpiaron los antecedentes como favor partidista? No lo sabemos y nadie sale a aclararlo, pero es grave que tenga antecedentes del fuero federal.
La segunda carta, expedida por la Dirección de Prevención y Reinserción Social con el folio CDAPF-2026-976132, señala que, después de una búsqueda exhaustiva en la Base de Datos del Archivo Nacional de Sentenciados y Estadística Penitenciaria, no existe registro de sentencia condenatoria irrevocable de carácter penal del fuero federal pronunciada en su contra.
La información obtenida por fuentes oficiales que piden su anonimato y capturas de pantalla de registros de seguridad, indican que el regidor estuvo preso en en 2008 por posesión y en 2015 por lesiones calificadas, más otro registro del 2012 por robo de vehículo.

A pesar de la existencia de estos documentos y del registro histórico del expediente 2008/3056, ni la Secretaría de Seguridad Ciudadana ni la Fiscalía General del Estado de Baja California han querido emitir una postura oficial sobre el tema. Ese silencio resulta sospechoso, pues deja sin una aclaración pública la relación entre esos tres antecedentes.
Aun sin sentencia, haberse visto involucrado en tres delitos como que nos dice que el regidor no es precisamente un angelito. El regidor no ha salido a decir nada, a pesar de que se lo pedimos a través de Edgar Covarrubias. También solicitamos una postura a Sindicatura Municipal, y no hemos recibido respuesta. El que nada debe, nada teme.
Un análisis serio de este caso tiene dos escenarios posibles: que el partido haya sabido del expediente 2008/3056 y haya decidido silenciarlo, o que simplemente no haya realizado una revisión adecuada de antecedentes al momento de postular o incorporar a Francisco Javier Molina Pérez.

Si Morena conocía el registro de 2008 (una consignación federal por posesión de narcóticos en el Juzgado Primero de Distrito de Mexicali) y optó por no transparentarlo, el costo político es alto. En un partido que se ha presentado como regeneración ética frente a la “vieja política”, tolerar o proteger a un militante o regidor con un antecedente de esa naturaleza debilita su discurso moral.
Genera la percepción de que la exigencia de honestidad se aplica de forma selectiva -cuestión que parece es el sello de la casa de Morena en Baja California-: se critica con dureza a adversarios, pero se relativiza cuando el involucrado es propio.
Eso alimenta la narrativa de hipocresía, erosiona la confianza de sectores de su base que valoran la coherencia y entrega a la oposición un argumento fácil y contundente para acusar de doble moral.

Además, el silencio institucional de la Secretaría de Seguridad Ciudadana y de la Fiscalía General del Estado —autoridades que dependen del gobierno estatal— refuerza la sospecha de protección política, aunque no demuestre por sí solo una orden directa del partido.
El segundo escenario, quizá más frecuente en la práctica política mexicana, es el de una revisión deficiente o inexistente de antecedentes. Admitir o postular a alguien sin checar exhaustivamente su historial refleja debilidad institucional interna. En un sistema donde los partidos son responsables de la calidad de sus candidaturas, y una falla de este tipo proyecta improvisación, falta de filtros y priorización de lealtades o cuotas sobre la idoneidad.
Para un movimiento que ha crecido con el discurso de “primero los pobres” y de limpieza pública, incorporar perfiles sin el debido escrutinio debilita su legitimidad cuando esos perfiles llegan a cargos de representación, porque el daño no es solo reputacional: también genera riesgos legales y de gobernabilidad. Un regidor con un pasado judicial, aunque no tenga sentencia condenatoria irrevocable según las constancias recientes, queda expuesto a cuestionamientos permanentes sobre su idoneidad ética, lo que puede entorpecer su trabajo y arrastrar al partido en cada controversia local.

En ambos casos, el resultado práctico es similar: pérdida de capital moral. Y como están las cosas de Baja California, con los señalamientos de contubernio entre el crimen organizado y la clase política, este escenario de tapar o no checar antecedentes, es más grave de lo que parece y puede ser un hilo de donde empezar a tirar.
¿A quién más le han limpiado el expediente?, ¿Es por esto que cierto grupo criminal a pesar de mil señalamientos carecía hasta hace poco de una carpeta de investigación en la FGE? No olvidemos que hay otros casos, como el del magistrado acosador, donde es a la víctima a quien quieren reubicar en vez que separarlo a él del cargo mientras investigan; o donde solo se entiende la mano negra de un panista cercanísimo al Gobierno Estatal detrás de la protección al regidor de Tijuana acusado dos veces por violación para que fiscalía no avance en esos casos a pesar de tener evidencia; o que no le haya pasado nada al acosador sexual amigo y protegido del hoy secretario de salud.
Cubrir un antecedente conocido es una decisión deliberada que implica complicidad; no haberlo revisado es negligencia. En el contexto actual de Baja California y del país, donde la percepción de inseguridad y de captura de instituciones por intereses opacos es alta, cualquier sombra de tolerancia hacia perfiles vinculados a delitos federales de narcóticos tiene un peso simbólico importante.
Columna
Algo cada día: Julieta y la prensa, amor con condiciones
COLUMNA INVITADA/Por Fernando Ruiz del Castillo
Julieta Ramírez Padilla descubrió que la prensa puede ser una maravilla cuando la elogia y un instrumento de la guerra sucia cuando le incomoda. Ahora, convertida en coordinadora de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Baja California, anuncia que quiere una relación más abierta, empática y transparente con los periodistas. ¡Qué bueno! Nunca es tarde para descubrir las bondades del diálogo, particularmente cuando se tiene la mira puesta en la gubernatura.
La joven política ofrece escuchar las exigencias, dudas y demandas de los comunicadores. Habrá que ver. Porque una cosa es convocar a los reporteros para explicarles las bondades de la transformación y otra muy distinta sentarse frente a ellos cuando las preguntas no vienen precisamente con flores.
Julieta también reconoció que durante el proceso interno de Morena hubo guerra sucia, páginas creadas para atacar y pautas millonarias. No dio nombres en las declaraciones que conocemos, pero la acusación merece atención. Si hubo dinero para fabricar campañas de desprestigio, sería saludable conocer quién lo puso, quién lo recibió y quién hizo el trabajo. La transparencia, después de todo, también sirve para iluminar los rincones de casa.
Lo curioso es que la flamante coordinadora parece olvidar que las inconformidades no nacieron exclusivamente en las redacciones. Dentro de su propio partido hubo quienes cuestionaron el procedimiento que la llevó al nombramiento. Evangelina Moreno Guerra, por ejemplo, impugnó la decisión ante el Tribunal Electoral y reclamó condiciones de equidad en la contienda interna.
¿También eso fue guerra sucia? ¿O las dudas son legítimas únicamente cuando las formula alguien que no amenaza el proyecto político propio?
Porque ahí está el detalle: Morena presume las encuestas como el gran instrumento democrático para elegir a sus abanderados, pero cuando alguien cuestiona el procedimiento, la celebración de la democracia suele adquirir un incómodo parecido a una reunión familiar en la que todos deben estar de acuerdo con quien reparte la herencia.
Julieta tiene derecho a defender su designación. Lo que no puede exigir es que los demás renuncien a examinarla.
Después vino la parte internacional del discurso. La coordinadora habló de la derecha mexicana con proyección internacional, del resurgimiento del fascismo y de presiones diplomáticas, económicas y políticas contra México. También llamó a los periodistas a no prestarse a narrativas intervencionistas.
Vaya responsabilidad la que pretende encomendarles. Además de investigar, preguntar y fiscalizar al poder, ahora los periodistas tendrían que pasar por una especie de aduana ideológica para demostrar que sus publicaciones no atentan contra la soberanía nacional.
Conviene recordar algo elemental: cuestionar a un gobierno mexicano no convierte automáticamente a nadie en agente extranjero, como tampoco criticar a Morena significa trabajar para la derecha. Hay periodistas que hacen propaganda, desde luego; los hay también que investigan, documentan y exhiben aquello que el poder preferiría mantener fuera de la conversación pública. Confundir ambas cosas es una manera bastante cómoda de desacreditar al mensajero sin responder el mensaje.
Julieta elogió al periodismo como una lumbrera en medio de la dictadura y recordó a los hermanos Flores Magón. El reconocimiento es pertinente. Lástima que la historia del periodismo mexicano también esté llena de gobiernos que aplaudían la libertad de expresión mientras las preguntas les parecían razonables y la condenaban cuando dejaban de serlo.
La coordinadora debería tener presente que la prensa no está para hacerle la vida fácil ni a ella ni a nadie. No es su departamento de relaciones públicas, tampoco una oficina de aplausos contratados. Su función es incomodar al poder, venga de donde venga.
Y aquí llegamos al verdadero asunto. Julieta no solamente necesita mejorar su relación con los medios. Necesita demostrar que puede gobernar sus propias reacciones frente a la crítica, distinguir entre una campaña de desprestigio y una investigación periodística, y responder con argumentos en lugar de repartir etiquetas.
Su cercanía política con Marina del Pilar Ávila forma parte de su trayectoria y, por tanto, también de su responsabilidad pública. La nueva coordinadora no puede pretender que su proyecto sea examinado en una vitrina aislada de los seis años de gobierno que están por concluir. Si quiere continuidad política, tendrá que aceptar también las preguntas sobre esa continuidad.
La designación le abrió una puerta importante rumbo a 2027. No le entregó un cheque en blanco, mucho menos la gubernatura. Todavía tiene que convencer a los ciudadanos y demostrar que su liderazgo va más allá del respaldo de la dirigencia partidista y de los acuerdos internos.
Su ofrecimiento de apertura es una buena noticia, si se traduce en hechos. Que haya acceso a la información, respuestas oportunas y respeto a quienes preguntan. Que no se confunda la publicidad con la información ni la crítica con la conspiración.
Porque la empatía que Julieta ofrece a los periodistas no puede funcionar como un contrato de reciprocidad: yo te trato bien y tú hablas bien de mí.
La prensa no necesita una coordinadora que la quiera mucho. Necesita una política que entienda para qué sirve.
Y si Julieta realmente aspira a gobernar Baja California, más vale que empiece a acostumbrarse: los periodistas no siempre preguntan lo que los políticos quieren contestar.
Precisamente para eso existen.
Morena: democracia por docena
Morena abrió el registro para aspirantes a coordinar la Defensa de la Transformación en Mexicali y ya hay, por lo menos, una docena de interesados en ocupar la silla principal del Palacio Municipal. El partido presume entusiasmo y participación. Por el número de inscritos, cualquiera pensaría que la democracia está de fiesta. Pero cuidado: una cosa es abrir la puerta y otra muy distinta saber qué hacer con quienes entran.
Dicen que hay más aspirantes registrados que parejas inscritas en las bodas colectivas que promueve el Ayuntamiento. La diferencia es que los enamorados, por lo menos, suelen conocerse antes de comprometerse. En Morena, en cambio, basta con anotarse para comenzar a soñar con la alcaldía.
El problema no es que haya muchos aspirantes. Al contrario, la competencia puede enriquecer la vida pública. El problema es confundir cantidad con calidad democrática, como si llenar una lista de nombres fuera suficiente para acreditar transparencia, capacidad y vocación de servicio.
¿Dónde están los criterios claros para evaluar a los participantes? ¿Qué experiencia administrativa tienen? ¿Qué conocen de los problemas de Mexicali? ¿Quién examinará sus resultados, sus propuestas y su conocimiento de una ciudad que no se gobierna con discursos partidistas ni lealtades de ocasión?
La democracia no consiste en organizar una fila para ver quién llega primero al registro, sino en garantizar reglas claras, información pública y una evaluación seria de quienes aspiran a gobernar.
Porque si el método consiste en registrar a todos, levantar una encuesta y después pedir unidad en torno al elegido, no estamos necesariamente ante una competencia democrática.
Estamos ante una simulación con lista de asistencia. Y así cualquiera puede presumir participación. Lo difícil es demostrar que, detrás de tantos nombres, hay capacidad para gobernar Mexicali. Ahí es donde la lista se reduciría bastante.
Columna
Riesgos digitales y protección infantil
Baja California ante el nuevo decreto federal (DOF 14 de octubre de 2026)
Por Guillermo Rivera Millán
La conversación nacional sobre tecnología en las escuelas tomó forma con el Acuerdo 09/09/26, publicado el 9 de septiembre de 2026, que estableció condiciones para el uso responsable y seguro de teléfonos celulares, dispositivos inteligentes y electrónicos personales dentro de los planteles. Aquella medida atendió la dimensión escolar del problema y ordenó a los estados —incluido Baja California— armonizar sus instrumentos jurídicos y realizar ajustes territoriales conforme a sus realidades. Sin embargo, el Acuerdo se limitó al espacio escolar. El Decreto de Entornos Digitales Seguros, publicado el mencionado 14 de octubre, amplía ese marco y aborda el entorno digital completo donde niñas, niños y adolescentes enfrentan los riesgos más graves.
El decreto es de orden público, de interés general y de observancia obligatoria. Por primera vez, México establece medidas específicas que las plataformas digitales —redes sociales, videojuegos, tiendas de aplicaciones y cualquier servicio que permita interacción o difusión de contenido— deben implementar para garantizar entornos seguros para menores. La definición es amplia y abarca prácticamente todo el ecosistema digital que utilizan las infancias y adolescencias.
El contenido sustantivo del decreto es contundente. Prohíbe que las plataformas permitan el acceso, exposición o recomendación de contenido que promueva acoso y ciberacoso; abuso o violencia sexual; discursos de odio y extremismo; intercambio de contenidos que inciten a la violencia, especialmente en el entorno escolar; conductas ilícitas o apologías del delito; material sexual explícito; y riesgos asociados a salud mental como autolesiones o trastornos alimenticios. Esta clasificación obliga a las empresas tecnológicas a modificar sus algoritmos, sus sistemas de recomendación y sus criterios de moderación.
Las obligaciones para las plataformas son igualmente relevantes. Deben implementar mecanismos confiables de verificación de edad —no basta la autodeclaración—, retirar de forma inmediata cuentas o contenidos prohibidos, activar configuraciones de privacidad estrictas por defecto, habilitar reportes accesibles, permitir supervisión parental y realizar evaluaciones periódicas de riesgos asociados al diseño y funcionamiento de sus servicios.
Además, deben compartir reportes estadísticos con autoridades para fortalecer estrategias de salud mental. Este punto es crucial: el decreto vincula explícitamente el entorno digital con la salud emocional de las y los adolescentes.
El decreto también incorpora obligaciones de colaboración con autoridades de seguridad y justicia: designar puntos de contacto disponibles 24/7, preservar evidencia digital por 90 días y alertar de inmediato sobre cuentas o contenidos que atenten contra la vida, dignidad o integridad de menores.
En un estado como Baja California, donde los riesgos digitales se entrelazan con dinámicas de violencia, movilidad y vulnerabilidad, esta coordinación es indispensable.
La Secretaría de Salud y la Secretaría de Educación Pública reciben mandatos específicos: diseñar programas de salud mental, fortalecer habilidades socioemocionales, promover el uso crítico y ético de plataformas digitales y organizar actividades de bienestar escolar. La estrategia del “ABC de las emociones”, los buzones confidenciales y los protocolos de acompañamiento se convierten en herramientas obligatorias dentro de la Nueva Escuela Mexicana.
Los transitorios confirman que este decreto es solo el inicio. Se instruye a instalar una Mesa de Trabajo para elaborar propuestas de regulación más robustas y se obliga a las plataformas a documentar sus acciones en un plazo máximo de treinta días. Es un avance significativo, pero todavía sin sanciones ni autoridad reguladora definida. La legislación vendrá después.
Baja California puede avanzar sin esperar a que las plataformas cumplan o a que las mesas federales produzcan resultados.
El marco jurídico estatal permite incorporar desde ahora los riesgos digitales mencionados en el decreto en el Programa de Protección Integral Escolar, la Ley de Educación, la Ley de Seguridad Escolar, la Ley de Acoso Escolar, la Ley de Salud y la Ley de Atención al Autismo. Incluso es viable impulsar una Ley Estatal de Protección Digital de la Niñez, enfocada en la gestión de riesgos digitales en escuela, hogar y comunidad, sin invadir facultades federales sobre plataformas. El uso responsable de dispositivos dentro del plantel puede complementarse con una política integral que atienda los riesgos fuera de él.
El decreto federal es un avance. Baja California tiene la oportunidad de convertirlo en una política territorial efectiva que proteja a sus niñas, niños y adolescentes dentro y fuera del plantel, con una visión preventiva, comunitaria y acorde con la Nueva Escuela Mexicana.
- *El autor es director general del despacho De la Peña y Rivera S.C. y fundador de Justicia que Transforma México A.C.
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