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Calendario escolar en México: facultad sin consulta

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COLUMNA INVITADA/Por Guillermo E. Rivera Millán

La Secretaría de Educación Pública decidió recortar el calendario escolar. El problema no es solo la reducción de días, sino la forma en que se tomó la decisión: sin consulta, sin regionalización y sin escuchar a los actores sociales. Esa omisión convierte la medida en ilegítima y contraria al marco constitucional y legal que rige la educación en México.

El artículo 3 constitucional establece que los planes y programas de estudio deben elaborarse considerando la opinión de los gobiernos de los estados y de diversos actores sociales, atendiendo contextos regionales y locales. Este mandato superior obliga a que la educación sea democrática, equitativa, inclusiva y de excelencia. La Nueva Escuela Mexicana retoma este principio: las decisiones educativas deben responder a realidades concretas, no imponerse de manera uniforme.

En ese mismo sentido, el artículo 23 de la Ley General de Educación refuerza la obligación de escuchar a los estados, a la Ciudad de México y a los actores sociales, además de proyectos educativos que contemplen realidades regionales y locales. Incluso prevé la participación de maestras, maestros y estudiantes. Ignorar este mandato es omitir la voz institucional que equilibra las decisiones educativas.

El artículo 87 establece que el calendario escolar debe tener entre 185 y 200 días efectivos de clase. El artículo 88 señala que las suspensiones solo proceden en casos extraordinarios y siempre que se recuperen los días perdidos. El artículo 89 obliga a publicar cualquier ajuste en el Diario Oficial de la Federación. Y el artículo 170 tipifica como infracción suspender actividades en días no autorizados, salvo motivo justificado, caso fortuito o fuerza mayor. En otras palabras, la Ley prevé que solo una causa extraordinaria o de fuerza mayor puede justificar un recorte, siempre con recuperación de los días perdidos.

Los artículos 15 y 16 fijan los fines y criterios de la educación: desarrollo integral, respeto a la dignidad humana, igualdad sustantiva, equidad, inclusión y excelencia. Un recorte improvisado contradice estos principios, pues reduce el tiempo de aprendizaje, profundiza desigualdades y afecta especialmente a niñas, niños y mujeres trabajadoras.

Los argumentos oficiales para el recorte han sido el Mundial de futbol y las altas temperaturas. Sin embargo, ninguno cumple con la figura de “causa extraordinaria” prevista en la Ley. El Mundial es un evento deportivo sin relación con los fines educativos. El calor extremo, en cambio, es una condición recurrente e histórica, que exige infraestructura y planeación regionalizada. En las zonas donde las temperaturas representan un desafío real, los Consejos de Participación Social (CPS) deben jugar un papel fundamental para definir soluciones locales, considerando recursos, infraestructura y condiciones específicas. Solo así se atendería la regionalización que la Constitución y la Ley mandatan. De lo contrario, la medida carece de legitimidad.

La inconformidad social es amplia y legítima. COPARMEX señaló que la decisión es improvisada y afecta el aprendizaje y la organización laboral. El IMCO documentó que incrementa la carga de cuidados en las mujeres y profundiza brechas educativas. La CNDH advirtió que vulnera el interés superior de la niñez. La Unión Nacional de Padres de Familia la calificó como un golpe directo al derecho a la educación. La Alianza de Maestros A.C. cuestionó que contradice el discurso oficial de recuperación de aprendizajes. COPASE subrayó que la decisión podría afectar a los más vulnerables y pidió reactivar los CPS como órganos de colaboración escuela-comunidad.

Frente a ello, cada actor tiene un papel que cumplir. El gobierno federal debe planear con consulta y evidencia. Los estados pueden ejercer su autonomía educativa y justificar ajustes regionales. Los maestros y sindicatos deben defender que el esfuerzo pedagógico sea reconocido, protegido y acompañado de recursos. Los padres de familia tienen derecho a participar en los CPS y a presentar inconformidades. La sociedad civil puede recurrir a amparos e instrumentos de participación ciudadana para exigir certeza normativa. Los empresarios deben incidir en políticas públicas por su impacto en productividad. Todos, en conjunto, forman parte de la corresponsabilidad que la Ley reconoce como principio rector del sistema educativo.

El problema no es el recorte. Es la falta de planeación, de consulta y democratización en la toma de decisiones educativas. El artículo 3 constitucional y el artículo 23 de la Ley General de Educación obligan a escuchar a los estados, a los CPS y a los actores sociales, atendiendo la regionalización y los contextos reales de la Nueva Escuela Mexicana. La SEP tiene facultades, sí. Pero también obligaciones: justificar con evidencia técnica, abrir espacios de participación y garantizar el derecho a la educación.

La educación no se recorta por ocurrencia ni por coyuntura social o política. No basta con que se pongan de acuerdo los titulares de la educación de las entidades o que se pida una opinión aislada a un grupo de estudiantes. La educación se construye con consulta real y regionalizada, con democracia y con escucha. Esa es la verdadera legitimidad. La verdadera legitimidad no se juega en un estadio, se construye en un aula en conjunto con los actores sociales que participan. Y lo que está en disputa no es un trofeo, sino el futuro de nuestras infancias. Solo si cada actor asume su corresponsabilidad podremos garantizar que la educación tenga ruta y sea el verdadero triunfo nacional.

  • * Director general del despacho De la Peña y Rivera S.C.
    Fundador de Justicia que Transforma México A.C.

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Protección Integral Escolar 2026: del papel a la acción pendiente en B.C.

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COLUMNA INVITADA/Por Guillermo E. Rivera Millán

En Baja California, la evolución normativa en materia de seguridad y protección escolar ha sido constante, pero también marcada por vacíos y retos. Hoy, con la recién socialización del Programa de Protección Integral Escolar 2026, se busca consolidar un marco robusto que atienda riesgos físicos, psicosociales y digitales, con fundamento en 44 normas y la identificación de 10 categorías de riesgo.

El Protocolo de Protección Integral Escolar de 2022 integró 24 normas y contempló diversos riesgos, pero quedó desfasado frente a reformas legales y nuevas necesidades operativas. Posteriormente, la tragedia del niño Damián —ocurrida en octubre de 2023— y el proceso judicial contra el profesor Esteban Canchola detonaron un debate amplio sobre la insuficiencia de los protocolos vigentes. De ese debate surgió el Proyecto técnico de actualización de 2025, que amplió el sustento a 38 normas e incorporó lineamientos omitidos, aunque nunca se implementó formalmente por el cuestionamiento de docentes y sindicatos respecto a la carga adicional que les generaba. Como respuesta inmediata, se elaboró la Guía Rápida de Actuación en Situaciones de Riesgo, también en 2025, que estructuró 4 riesgos generales y 15 modalidades. Hoy, ese camino desemboca en la construcción del Programa Integral 2026, que busca consolidar un marco más completo al arranque del ciclo escolar 2026‑2027.

El nuevo Programa contempla 10 riesgos principales: accidentes escolares bajo metodología SIPIR‑HT, situaciones de riesgo sexual, acoso escolar en varias modalidades, violencia entre niñas, niños y adolescentes, violencia digital con más de diez subtipos, maltrato en ámbitos escolar, familiar y comunitario, conducta suicida, uso y venta de drogas, omisión de cuidados atribuible a padres, docentes o directivos, y amenaza o atentado en la escuela, incluyendo bomba, armas y tirador activo. Además, se incorpora un segmento de orientación para estudiantes con discapacidad y trastornos del neurodesarrollo, y un protocolo de protección docente que garantiza principios de dignidad, presunción de inocencia, debido proceso, confidencialidad e imparcialidad, así como medidas contra denuncias falsas.

La construcción del Programa agradece la participación de los miembros del Colegio de Profesionistas de la Educación, así como de las organizaciones sindicales SNTE Sección 2, SNTE Sección 37, SETEBC, SIETEBC y STEBC, y de las dependencias de gobierno que acompañaron el proceso. Este respaldo colectivo aparentemente representa legitimidad y refuerza la corresponsabilidad en su aplicación.

Sin embargo, la realidad plantea cuestionamientos que no pueden ignorarse. Han pasado más de dos años y medio desde el accidente del niño Damián y, aunque se avanzó en protocolos, la respuesta institucional fue lenta y reactiva. Los ajustes más visibles parecen dirigidos a tranquilizar al gremio docente y sindical, pero falta involucrar de manera real a los consejos de participación social, a madres y padres de familia, a especialistas externos, las escuelas particulares y legisladores locales.

El Programa es ambicioso, pero no se ha definido con claridad qué recursos se destinarán para su implementación. Sin presupuesto adicional, sin plazas nuevas que atiendan riesgos y sin capacitaciones listas, la encomienda corre el riesgo de quedarse en papel. La Dirección de Participación y Convivencia Social, donde está el área de riesgos escolares, requiere personal y financiamiento para cubrir su operación en los siete municipios.

La metodología de actualización tampoco está clara: ¿cómo se adaptará a nuevas realidades, a cambios tecnológicos o a contextos sociales distintos? El Programa parece asumir que todas las escuelas están al 100% en infraestructura y recursos, lo cual no refleja la diversidad de condiciones en zonas rurales y marginadas. La falta de un enfoque territorial puede ser una debilidad crítica. También se observa que el Programa redacta lineamientos en áreas de seguridad, educación y laborales que no siempre son de su competencia directa, lo que puede generar conflictos de atribuciones. Por su parte, los diputados del Congreso aparecen desvinculados de la agenda de la Secretaría de Educación; legislan de manera desarticulada en temas educativos. El reto exige que todos se unan, definan con claridad cuánto presupuesto van a invertir y legislen lo que hoy se presenta como novedad en el Programa, para darle sustento legal y operativo.

El PIE cita a múltiples dependencias y actores, pero en la práctica no basta con mencionarlos: cada uno requiere presupuesto, personal capacitado y mecanismos de evaluación para que su participación sea efectiva. El Programa tampoco menciona la instalación de una mesa permanente de seguimiento y coordinación, que evalúe avances, ajuste protocolos y garantice que los recursos lleguen a las escuelas.

Sin un espacio interinstitucional fuerte, el PIE corre el riesgo de fragmentarse en esfuerzos aislados. Además, no se desarrolla el tema del seguro escolar y sus alcances, lo que deja sin respuesta cómo se cubrirán gastos médicos o indemnizaciones en casos de accidentes. Igualmente, la Nueva Escuela Mexicana exige atender realidades diversas: no puede aplicarse un documento único a contextos tan distintos como los de una escuela urbana y una rural o indígena. El Programa debe adaptarse a esas diferencias para ser realmente inclusivo y efectivo.

Aunque el Programa menciona los Acuerdos de Convivencia Escolar, deja en las escuelas la responsabilidad de desarrollarlos sin ofrecer lineamientos actualizados ni apoyo técnico. Tampoco define cómo se conectará con los Consejos Municipales de Paz y Tejido Social, ni con las medidas alternas de solución pacífica que fortalecen la cultura de paz.

El PIE 2026 representa un avance: amplía cobertura, fortalece el marco jurídico, incorpora inclusión y protege a los trabajadores de la educación. Pero la ruta debe ser clara: Más acción, diagnóstico e inclusión real, inversión significativa, capacitación y actualización constante, voluntad y legislación que respalde lo que hoy se presenta como novedad.

  • *Director general del despacho De la Peña y Rivera S.C. y fundador de Justicia que Transforma México A.C.
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Algo cada día: Los drones informativos

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COLUMNA INVITADA/Por Fernando Ruiz del Castillo

Dicen que al que ahorcan en lunes, la semana no le pinta bien. Y todo indica que ese viejo refrán decidió instalarse en Baja California. Desde el pasado lunes 22 de junio, cuando el periodista Héctor de Mauleón publicó en El Universal un audio atribuido a la gobernadora Marina del Pilar Ávila, los días no han dejado de acumularle nubarrones políticos.

La mandataria hizo lo que cualquier político en apuros suele hacer: negó categóricamente la interpretación del contenido, aunque reconoció la autenticidad del audio. El problema es que una conferencia de prensa cuidadosamente controlada puede contener muchas respuestas, pero difícilmente disipa las preguntas cuando éstas siguen multiplicándose al terminar el evento. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Llamó la atención que, casi de inmediato, anunciara un viaje de tres días a la Ciudad de México para sostener diversas reuniones de trabajo. Entre ellas, otra más sobre el ya recurrente IMSS-Bienestar. Nadie discute que gobernar implique viajar; lo curioso es la sincronía. En política, las casualidades suelen tener menos credibilidad que las promesas de campaña.

Pero cuando parecía que la conversación giraría exclusivamente alrededor del audio, llegó un nuevo ingrediente. El sábado, The New York Times publicó un reportaje firmado por Steve Fisher, Jack Nicas y Alan Feuer en el que sostiene que, durante los últimos años, al menos una decena de gobernadores, legisladores y otros funcionarios mexicanos habrían buscado discretamente acercamientos con autoridades estadounidenses, incluidas agencias como la DEA, para proporcionar información sobre otros actores políticos. Según el diario, esa estrategia tendría un objetivo muy específico: adelantarse a eventuales investigaciones por presuntos vínculos con el crimen organizado o actos de corrupción.

El reportaje menciona, entre otros casos, los nombres de los gobernadores Alfonso Durazo, de Sonora, y Américo Villarreal, de Tamaulipas, ambos señalados previamente en distintas versiones periodísticas. Más allá de la veracidad o del destino que tengan esas investigaciones, el mensaje político es contundente: Washington continúa enviando señales de que observa con lupa a la clase gobernante mexicana.

Y es precisamente ahí donde conviene unir los puntos. En apenas una semana, el gobierno mexicano ha recibido una serie de “drones informativos” lanzados desde Estados Unidos. Primero, filtraciones, revelaciones periodísticas y versiones que colocan nuevamente sobre la mesa el tema de la relación entre política y crimen organizado; después, un reportaje internacional que exhibe una aparente lucha silenciosa entre actores políticos por ganar tiempo, protegerse o, incluso, sacrificar a otros antes de ser sacrificados ellos mismos.

No significa que exista culpabilidad alguna. Tampoco prueba delitos. Pero sí confirma que la narrativa ya no la controla únicamente el gobierno mexicano. Hoy, buena parte de la presión política parece fabricarse desde expedientes, filtraciones y medios extranjeros.

Quizá eso explique el nerviosismo que comienza a percibirse en algunos despachos oficiales. Porque cuando los mensajes dejan de enviarse por canales diplomáticos y empiezan a llegar mediante filtraciones periodísticas perfectamente sincronizadas, el destinatario entiende que ya no se trata de simples advertencias.

Son recordatorios.
Y los recordatorios, cuando provienen del vecino del norte, rara vez llegan por accidente.

Depurar antes de lamentar

La semana que terminó dejó una de esas noticias que obligan a guardar el sarcasmo por unos minutos. Dos elementos de la Fuerza Estatal de Seguridad Ciudadana fueron asesinados en ataques distintos en Mexicali. Más allá de uniformes, cargos o corporaciones, se trata de vidas humanas arrebatadas violentamente y de familias que hoy cargan con un duelo que nunca debió llegar.

Pero una cosa es condenar los asesinatos y otra muy distinta cerrar los ojos ante la realidad que desde hace tiempo acompaña a esa corporación.

La FESC nació para convertirse en una policía preventiva moderna, confiable y cercana a la ciudadanía. Sin embargo, con el paso de los años su imagen pública se ha ido desgastando a fuerza de denuncias, señalamientos y una percepción social que dista mucho de inspirar confianza.

Hacia el interior, quienes conocen la institución hablan de favoritismos, nepotismo, ascensos inexplicables y una disciplina que parece aplicarse dependiendo del apellido o de las amistades. La meritocracia suele quedarse estacionada en el mismo lugar donde se guardan las patrullas.

Hacia el exterior, las redes sociales se han convertido en un incómodo archivo ciudadano. Cada vez son más frecuentes los videos donde aparecen agentes con el rostro cubierto irrumpiendo en domicilios, rompiendo puertas, candados o portones durante operativos cuya legalidad termina siendo cuestionada por los propios afectados. A ello se suman denuncias sobre la desaparición de dinero, joyas, computadoras y otros bienes durante cateos o intervenciones que, en muchos casos, terminan siendo materia de investigación o de litigios.

No corresponde emitir sentencias anticipadas. Para eso existen las fiscalías y los jueces. Lo que sí corresponde es reconocer que cuando una corporación acumula durante años ese nivel de desconfianza ciudadana, el problema dejó de ser un asunto de percepción para convertirse en un problema institucional.

Los recientes asesinatos deberían encender todas las alarmas, no solamente por la gravedad de los ataques contra la autoridad, sino porque podrían representar el inicio de una escalada que nadie desea. Hoy fueron elementos de la FESC. Mañana podrían ser policías municipales, agentes investigadores o cualquier servidor público relacionado con tareas de seguridad.

Y si la respuesta oficial consiste únicamente en aumentar patrullajes, organizar homenajes y prometer que “no habrá impunidad”, estaremos administrando consecuencias en lugar de resolver causas.

La verdadera respuesta pasa por una depuración profunda.

No una simulación para la fotografía ni un relevo de mandos que cambie nombres para que todo siga igual. Una revisión integral de controles de confianza, patrimonio, desempeño, vínculos internos y externos, mandos, procedimientos y protocolos. Los buenos policías merecen mejores salarios, equipo, protección y respaldo institucional. Son ellos quienes diariamente ponen en riesgo su vida y no deberían cargar además con el desprestigio provocado por unos cuantos.

En cambio, quienes hayan traicionado el uniforme deben enfrentar la ley sin contemplaciones. Porque proteger a los malos policías termina siendo la forma más rápida de poner en peligro a los buenos.

La seguridad pública no puede construirse sobre corporaciones divididas entre quienes sirven a la ley y quienes simplemente aprendieron a usarla como escudo.
Antes de que sigamos contando policías asesinados, sería conveniente empezar a contar cuántos policías necesitan salir de la corporación.

Porque depurar ya no es una opción política.
Es una necesidad de supervivencia institucional.

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Matices: Corrupción en la SSC

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A esta redacción llegó una denuncia anónima que contiene datos preocupantes. Esperando que las autoridades no sean partícipes de los actos a continuación señalados en las áreas administrativas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, y tomen cartas en el asunto, la reproducimos íntegra:

“Los empleados (de la Secretaría de Seguridad Ciudadana) siempre estamos desprotegidos frente a los abusos de muchos jefes administrativos y ya no es justo seguir viendo tantas cosas malas y quedarnos callados por miedo.

Queremos que la Gobernadora Marina del Pilar Avila Olmeda y el Secretario de Seguridad Pública, General Laureano Carrillo, sepan el tipo de personas que tienen trabajando en las áreas administrativas, porque mientras muchas personas intentan hacer bien su trabajo, hay otras que solo han llegado a enriquecerse y abusar del poder.

Todo empezó con Guillermo González Flores, quien llegó acompañado de una red de personas dedicadas a presionar y extorsionar proveedores para pedirles “moches” a cambio de contratos y compras. Entre ellos están Emir Saamman Gallegos López y Daniel Carrillo Corrales.

Después quitaron a Guillermo por malos manejos, porque esa es la verdad, por todas las tranzas que traía, pero terminó llegando alguien todavía peor: Álvaro Munguía Martínez, quien además trajo a su propio grupo de gente de confianza. Todos los mencionados forman parte de una misma red de corrupción y muchas personas aquí lo saben, aunque nadie se atreva a hablar.

A Guillermo González lo movieron al Penitenciario para cubrirlo y después, cuando ya no pudieron esconder tantas irregularidades, terminó en la Secretaría de Salud. Siempre lo acomodan para protegerlo.

Álvaro Munguía también trajo a Alberto Vázquez Cerecer, conocido como “El Tránsitas” o “El Rey de las Transas”. Lo más indignante es que él mismo presume esos apodos como si fueran motivo de orgullo. Esta persona pide hasta un 30 por ciento de moche a proveedores y si no aceptan, simplemente los dejan fuera. Todo esto con apoyo de Emir Gallegos y Daniel Carrillo.

Daniel Carrillo tiene a toda su familia trabajando en la Secretaria de Seguridad Publica, ahi trabaja con el Irma Isabel Lucatero Baylon que es su esposa y su sobrino, siendo un caso grave de nepotismo.

Y esto no es algo nuevo. Desde hace tiempo ya existían señalamientos y hasta notas periodísticas sobre estas personas, pero nunca pasa nada y pareciera que están intocables.

Incluso había publicaciones en Facebook donde los señalaban como corruptos y rateros, aunque muchas ya desaparecieron.

Gobernadora: de verdad investigue a sus empleados. En la nueva Secretaría de Seguridad Ciudadana no solamente hay policías honestos tratando de hacer su trabajo, también hay personas dentro del área administrativa que se dedican a extorsionar empresarios y proveedores que solo buscan trabajar dignamente.

Como principales responsables están Guillermo González Flores, alias “La Rata”, y Emir Saman Gallegos López, alias “La Rata Güera”. Ellos presionan a proveedores para exigirles porcentajes a cambio de asignar compras, diciendo incluso que el dinero “es para Marina” y que todo lo manejan junto con David Ramsés Cervantes Aguilar, oficial mayor de Gobierno del Estado.

También se comenta que utilizan dinero para viajes y lujos personales, incluyendo viajes a Las Vegas con todo pagado, mientras siguen enriqueciéndose a costa del dinero público.

Pero esto no solamente pasa en el área de compras. También sucede en servicios y talleres. Ahí tienen a Marco Antonio Payán Navarro, encargado de unidades de toda la Secretaría. Nada se mueve sin su autorización. Aunque lo han cambiado varias veces, siempre termina regresando porque está protegido por Emir Gallegos que es quien recibe el dinero para Álvaro Munguía.

Cuando intentan poner a otra persona en el cargo, les ponen obstáculos para que fracasen y así justificar el regreso de Marco Payán. Incluso Alberto Vázquez Cerecer intentó meterse también en ese negocio pidiendo su porcentaje a los talleres, pero no pudo controlar esa área porque todos consultan primero con Marco Payán y él mismo les dijo que Alberto estaba loco y que no sabía quién era.

La pregunta es: ¿dónde está la función anticorrupción? Basta ver el nivel de vida de estas personas para darse cuenta de que algo no está bien. Emir Gallegos vive viajando y todo mundo lo sabe. Ellos mismos presumen que están protegidos y que nadie les puede hacer nada.

Marco Payán tiene tanto control que incluso tiene trabajando ahí a su esposa, Ana Livier Espinoza Martinez, y presume tener el respaldo de Rosiles, coordinador de la Policía. Hasta vehículos nuevos tiene asignados o prestados. Deberian de checar los carros personales que tienen registrados, no checan con un sueldo de gobierno.

Y por si fuera poco, Emir Gallegos fue sindicalizado de un día para otro, sin filtros ni procesos claros. Ellos mismos presumen que además de estar protegidos, ya quedaron blindados dentro del sistema. Marco Payán tambien es sindicalizado.

Muchas personas tenemos miedo de hablar porque sabemos cómo se manejan, pero ya estamos cansadas de ver corrupción, abusos, amenazas y privilegios para los mismos de siempre, mientras quienes sí trabajan honestamente somos ignoradas”. Hasta aquí la denuncia anónima de la que esperemos tomen nota la gobernadora, el secretario de Seguridad Ciudadana y la secretaria Anticorrupción, Gabriela Monge, porque si esto resulta cierto es imposible que lo superiores de los presuntos corruptos no hayan notado nada anormal. O será que ya lo normal en este gobierno es la corrupción y el cinismo.

En otro tema, también con relación a las autoridades, es muy evidente la colusión que existe entre el crimen organizado y la Policía Municipal de San Felipe. La Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas, integrada por agentes de la Dirección de Seguridad Pública Municipal de Mexicali, de la FESC, de la Comisión Local de Búsqueda y de la Fiscalía General del Estado, estuvieron en una jornada de búsqueda en San Felipe el jueves y viernes de la semana pasada.

No solo mientras estuvieron buscando, también en el hotel, agentes de la policia de aquel puerto estuvieron tomando fotografías y hostigando a los integrantes de la unidad. Al parecer el secretario General de Gobierno, Juan José Pon, tiene el plan de ubicar allá a dos personas de la Comisión Local de Búsqueda y eso es un acto suicida; si no los matan, es que están coludidos, dicen los sanfelipenses. Van siete desapariciones, cuatro mujeres y tres hombres, tan solo en los últimos dos meses, y eso da una idea de qué tan grave está ese tema en aquel puerto. La policía de San Felipe está muy lejos del bien y muy cerca del mal. Hay muchos desaparecidos pero nadie busca, y a quien busca le va mal.

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